Antes de las estrellas: la historia del primer mundo de los homininos
En algún lugar del universo conocido existe un planeta que ocupa una posición imposible de repetir. No es el más grande, ni el más rico, ni el más avanzado. Hace muchísimo tiempo que dejó de ser un centro político y prácticamente nada de lo que sostiene a la civilización contemporánea depende de él. Sin embargo, todos los homininos conocidos pueden reconstruir una parte de su historia hasta ese mismo lugar.
Allí comenzó todo.
Mucho antes de las naves interestelares, de las modificaciones genéticas, de las ciudades construidas fuera de los planetas y de las inteligencias capaces de administrar sociedades enteras, hubo animales intentando sobrevivir en un mundo ordinario.
Uno de esos linajes comenzó a cambiar.
Millones de generaciones después, sus descendientes ocuparían planetas, sistemas y galaxias. Algunos alterarían tanto sus cuerpos que apenas conservarían parecido físico con sus antepasados. Otros se mezclarían con poblaciones homíninas encontradas durante la expansión. Algunos construirían civilizaciones capaces de modificar mundos completos. Otros decidirían deliberadamente no hacerlo.
Todos conservarían, sin embargo, una conexión con aquel primer linaje.
Por eso, pese a las diferencias que existen entre ellos, pueden decir algo extraordinariamente sencillo:
todos vienen del mismo lugar.
Antes de la civilización
Existe una tendencia comprensible a imaginar el mundo original a partir de aquello en lo que terminaron convirtiéndose sus descendientes.
Es un error.
Los primeros homininos no eran especialmente extraordinarios.
No aparecieron con una inteligencia destinada inevitablemente a conquistar el espacio. No heredaron tecnología de una civilización anterior. No fueron diseñados para convertirse en la especie dominante del planeta. No existe evidencia de que su evolución tuviera una dirección predeterminada.
Eran animales.
Competían por alimento. Evitaban depredadores. Buscaban pareja. Cuidaban crías. Defendían territorios. Cooperaban. Peleaban. Migraban cuando las condiciones cambiaban y morían cuando no conseguían adaptarse.
Su planeta tampoco parecía construido para ellos.
Tenía océanos, montañas, desiertos, bosques, glaciares, llanuras y regiones donde sobrevivir resultaba difícil. Su clima cambió innumerables veces. Especies aparecieron y desaparecieron. Ecosistemas completos se transformaron mucho antes de que algún hominino pudiera comprender lo que estaba ocurriendo.
En ese mundo, durante un periodo inmenso, los antepasados de la civilización fueron simplemente otra forma de vida.
Su historia comenzó sin saber que era historia.
Muchas humanidades antes de una humanidad
La evolución tampoco produjo inmediatamente una única población.
Durante periodos prolongados coexistieron diferentes grupos de homininos. Las barreras geográficas separaron poblaciones. Los cambios ambientales favorecieron adaptaciones diferentes. Algunas ramas sobrevivieron durante enormes periodos. Otras desaparecieron sin dejar descendientes conocidos.
Cuando dos poblaciones volvían a encontrarse, el resultado tampoco era siempre el mismo.
A veces competían.
A veces una desplazaba a la otra.
A veces coexistían.
A veces se mezclaban.
La historia genética del linaje ancestral comenzó así, mucho antes de que sus descendientes pudieran manipular un gen deliberadamente: como una acumulación de migraciones, encuentros, separaciones y mezclas.
La idea de una población original completamente pura pertenece más a las mitologías posteriores que a la biología.
Nunca hubo tal cosa.
Incluso los primeros homininos que eventualmente dieron origen a las poblaciones dominantes del planeta eran ya el resultado de una historia evolutiva complicada.
Esto tendría consecuencias profundas millones de generaciones después. Cuando sus descendientes encontraron otras poblaciones homíninas durante la expansión espacial, hicieron algo que sus antepasados habían hecho desde mucho antes de tener ciudades.
Se mezclaron con ellas.
El animal que caminaba
Antes de viajar entre estrellas, los homininos aprendieron a desplazarse por su propio mundo.
La migración es posiblemente una de las continuidades más antiguas de toda su historia.
Un grupo encontraba un territorio favorable. Crecía. Los recursos comenzaban a resultar insuficientes. Algunos individuos permanecían. Otros avanzaban.
Una sequía podía provocar una migración.
También una guerra.
Una población podía seguir animales durante generaciones hasta terminar en una región que sus antepasados nunca habían conocido. Otra podía atravesar una barrera geográfica y quedar aislada durante miles de años.
No existía un proyecto de expansión.
Existía movimiento.
Y ese movimiento fue transformando tanto a los homininos como al planeta que habitaban.
Poco a poco, distintas poblaciones llegaron a prácticamente todos los ambientes donde podían sobrevivir.
Muchísimo después, cuando comenzaron a abandonar su planeta, repetirían el mismo patrón a otra escala.
La distancia sería mayor.
Las razones resultarían sorprendentemente familiares.
Cuando apareció la cultura
En algún momento, sobrevivir dejó de depender únicamente de aquello que un individuo podía descubrir durante su propia vida.
El conocimiento comenzó a acumularse.
Una técnica aprendida por una generación podía transmitirse a la siguiente. Una herramienta podía mejorarse. Un lugar peligroso podía recordarse. Una planta podía adquirir un nombre. Una historia podía explicar cómo encontrar agua. Un gesto podía convertirse en símbolo.
La cultura introdujo una nueva forma de herencia.
La evolución biológica continuó, pero ahora existía otro mecanismo capaz de transformar a las poblaciones con mucha mayor velocidad.
Los individuos heredaban genes.
Las sociedades heredaban información.
Con el tiempo llegaron lenguajes cada vez más complejos, tecnologías, rituales, estructuras familiares, narraciones sobre el origen del mundo y explicaciones sobre la muerte.
Aparecieron identidades.
Un grupo dejó de ser simplemente un conjunto de individuos que vivían juntos.
Podía convertirse en un nosotros.
Y donde existe un nosotros, eventualmente puede existir un ellos.
No hubo una primera civilización
Los relatos simplificados suelen hablar de la Civilización Original como si hubiera sido una sociedad.
No lo fue.
La expresión es posterior.
Describe el conjunto de culturas y sociedades desarrolladas en el planeta ancestral antes y durante las primeras etapas de expansión fuera de él.
No hubo una mañana en la que los habitantes del mundo original despertaran formando parte de una civilización planetaria.
Hubo miles de procesos.
Algunas comunidades se volvieron sedentarias. Otras continuaron desplazándose. Aparecieron asentamientos permanentes. Algunos crecieron hasta convertirse en ciudades. Las ciudades necesitaron sistemas de organización cada vez más complejos.
Surgieron estados.
También imperios.
Aparecieron sistemas jurídicos, religiones organizadas, mercados, ejércitos, administraciones, universidades y formas de gobierno.
Algunas sociedades prosperaron durante largos periodos.
Otras desaparecieron.
Algunas fueron conquistadas.
Otras absorbieron a sus conquistadores culturalmente.
Las fronteras cambiaron incontables veces.
Los idiomas nacieron, se mezclaron y murieron.
Las religiones se fragmentaron.
Las poblaciones migraron.
Las tecnologías viajaron de una cultura a otra.
La Civilización Original fue todo eso simultáneamente.
Un planeta lleno de contradicciones
Las sociedades ancestrales podían alcanzar desarrollos extraordinarios en algunos campos y conservar estructuras que generaciones posteriores considerarían primitivas en otros.
Hubo periodos de enorme prosperidad junto a regiones sumidas en conflictos.
Hubo sociedades profundamente religiosas y otras cada vez más secularizadas. Comunidades colectivistas y culturas obsesionadas con el individuo. Gobiernos autoritarios, experimentos democráticos, monarquías, federaciones, ciudades autónomas y sistemas políticos que posteriormente desaparecerían por completo.
No existía consenso sobre cómo debía vivir un hominino.
Probablemente nunca lo ha habido.
También existían enormes diferencias materiales.
Mientras algunas poblaciones construían infraestructuras capaces de transformar regiones enteras, otras mantenían formas de vida que habían cambiado relativamente poco durante generaciones.
Todo ocurría en el mismo planeta.
Esa diversidad resulta particularmente importante porque muchas de las diferencias que posteriormente aparecerían entre las civilizaciones espaciales no nacieron en las estrellas.
Ya existían, en formas embrionarias, antes de abandonar el mundo original.
La tecnología no apareció de repente
Visto desde una civilización capaz de viajar entre sistemas, resulta tentador dividir la historia entre una época primitiva y una época tecnológica.
Para quienes vivieron la transición, nunca existió una frontera tan clara.
La tecnología se acumuló lentamente.
Piedra.
Fuego.
Herramientas.
Agricultura.
Metalurgia.
Escritura.
Máquinas.
Industria.
Electricidad.
Computación.
Automatización.
Inteligencia artificial.
Exploración espacial.
Cada transformación parecía extraordinaria para quienes la experimentaban y ordinaria para quienes nacían después.
Las tecnologías también cambiaban a las sociedades que las producían.
La agricultura modificó la relación con el territorio. Las ciudades cambiaron la organización social. La escritura transformó la memoria. Las comunicaciones alteraron la percepción de la distancia. La automatización comenzó a cambiar la relación entre trabajo y supervivencia.
Nada de aquello ocurrió porque la especie tuviera un destino cósmico.
Ocurrió porque millones de individuos resolvían problemas concretos.
Querían producir más alimento.
Mover algo más rápido.
Curar una enfermedad.
Comunicarse a mayor distancia.
Entender un fenómeno.
Ganar una guerra.
Obtener beneficios.
Explorar.
Entretenerse.
Hacer algo que hasta entonces parecía imposible.
La civilización intergaláctica apareció, en última instancia, como consecuencia acumulativa de incontables decisiones mucho más pequeñas.
El planeta se hizo pequeño
Durante la mayor parte de la historia, el mundo original había parecido inconmensurable.
Una persona podía vivir y morir sin alejarse demasiado del lugar donde había nacido. Incluso grandes sociedades conocían solamente una fracción del planeta.
La tecnología comenzó a reducir esas distancias.
Los viajes se hicieron más rápidos.
La información empezó a circular globalmente.
Las economías se conectaron.
Los acontecimientos ocurridos en una región comenzaron a afectar inmediatamente a poblaciones situadas en otra.
Gradualmente apareció algo que ninguna sociedad anterior había experimentado plenamente:
la conciencia de compartir un planeta.
Eso no eliminó las culturas, los estados ni los conflictos.
Tampoco creó inmediatamente un gobierno mundial.
Pero cambió la escala de los problemas.
El clima, los recursos, las comunicaciones, las epidemias, el comercio y las tecnologías ya no podían comprenderse únicamente desde una ciudad o una nación.
La civilización comenzaba a alcanzar escala planetaria.
Y cuando un mundo entero se convierte finalmente en el territorio conocido, la frontera vuelve a desplazarse.
Esta vez hacia arriba.
El cielo deja de ser cielo
Durante prácticamente toda la historia ancestral, las estrellas habían sido luces.
Dioses para algunos.
Antepasados para otros.
Instrumentos para navegar.
Objetos de estudio.
Símbolos.
Misterios.
Después se convirtieron en lugares.
Primero ocurrió conceptualmente. Los habitantes comprendieron que su planeta era uno entre muchos cuerpos que orbitaban una estrella.
Después ocurrió tecnológicamente.
Objetos construidos por homininos abandonaron la superficie.
Más tarde lo hicieron ellos mismos.
Durante un tiempo, aquellos viajes fueron acontecimientos extraordinarios. Los primeros viajeros espaciales se convirtieron en figuras históricas. Las misiones eran costosas, peligrosas y dependían de una infraestructura gigantesca.
Después dejaron de ser excepcionales.
Aparecieron instalaciones permanentes.
Después asentamientos.
Después niños que nacieron fuera del planeta ancestral.
Ese momento cambió algo que ninguna tecnología anterior había cambiado.
Por primera vez, existían homininos cuyo hogar no era el mundo donde había evolucionado su especie.
La Fase Planetaria comenzaba a dar paso a la Fase Solar.
El comienzo de una separación
Los primeros asentamientos extraterrestres todavía dependían profundamente del planeta original.
Pero la dependencia disminuyó.
Una comunidad capaz de producir alimentos, energía, herramientas y nuevas generaciones fuera del mundo ancestral dejaba de ser simplemente una expedición.
Se convertía en una sociedad.
Y las sociedades desarrollan intereses propios.
Los habitantes nacidos fuera del planeta comenzaron a construir identidades que sus antepasados no habían tenido.
Podían conocer perfectamente la historia del mundo original y, sin embargo, no considerarlo su hogar.
Con el tiempo aparecerían diferencias culturales.
Después políticas.
Después biológicas.
La distancia haría el resto.
La civilización había cruzado un umbral.
Todavía estaba confinada a un solo sistema estelar, pero ya no pertenecía a un único mundo.
Muchísimo después, cuando los descendientes de aquellas poblaciones ocuparan regiones enteras de la galaxia, los historiadores mirarían hacia ese periodo buscando el comienzo de su civilización interplanetaria.
Pero incluso entonces sería incorrecto hablar de un único pueblo abandonando su planeta.
Fueron muchos.
Con razones diferentes.
Con culturas diferentes.
Con sueños diferentes.
La ficción de la pureza
Miles de generaciones más tarde, cuando las poblaciones de homininos se habían extendido por distancias enormes, algunas culturas desarrollaron relatos idealizados sobre sus antepasados.
Era inevitable.
El mundo original se convirtió en símbolo.
Para algunas religiones era un lugar sagrado. Para ciertos movimientos culturales representaba una edad perdida. Para algunos proyectos políticos, el origen común podía utilizarse como argumento de unidad. Otros intentaron encontrar en las primeras poblaciones una supuesta forma auténtica de humanidad.
La evidencia histórica nunca fue especialmente amable con esas ideas.
No existió una humanidad original culturalmente pura.
No hubo una sociedad perfecta de la que descendieran todas las demás.
No hubo una forma definitiva de ser hominino.
Desde prácticamente el comienzo hubo diversidad.
La mezcla no fue una corrupción posterior de una población homogénea.
La mezcla estaba en el origen.
Todos son originales
Esa historia explica una característica importante de la civilización contemporánea.
No existe una población que pueda reclamar razonablemente ser más original que las demás.
Algunas conservan características físicas antiguas.
Otras se alejaron enormemente de ellas.
Algunas permanecieron durante miles de generaciones en regiones relativamente próximas al sistema ancestral.
Otras atravesaron galaxias.
Algunas modificaron deliberadamente su genoma.
Otras se mezclaron con homininos de mundos diferentes.
Pero todas forman parte de la misma continuidad histórica.
Por eso la palabra original no describe una raza.
Describe un origen.
El mundo ancestral pertenece a la historia de todos precisamente porque ya no pertenece biológicamente a nadie en particular.
Y quizá por eso conserva semejante poder simbólico.
En una civilización donde una persona puede haber nacido a miles de años de viaje de la estrella alrededor de la cual evolucionaron sus antepasados, donde dos individuos pueden parecer pertenecer a especies diferentes y aun así compartir una genealogía remota, existe al menos un punto del universo que todos pueden señalar.
Un planeta.
Un océano que alguna vez vieron los primeros homininos.
Un territorio por el que caminaron poblaciones que nunca supieron qué era una galaxia.
Un cielo nocturno bajo el cual alguien, muchísimo antes de que existiera la Civilización Original como concepto, probablemente levantó la mirada.
No sabía qué eran aquellas luces.
No sabía que podían visitarse.
No sabía que sus descendientes terminarían viviendo alrededor de algunas de ellas.
Y ciertamente no sabía que, millones de generaciones después, seres distribuidos por el universo seguirían intentando responder una pregunta que comenzó allí:
qué significa ser uno de ellos.