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Una familia de millones de mundos: cómo los homininos dejaron de parecerse entre sí

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En algunos lugares de la civilización, dos personas pueden sentarse frente a frente y resultar tan distintas que un observador terrestre difícilmente las clasificaría como miembros del mismo linaje. Una puede tener proporciones corporales familiares para nosotros; la otra puede haber nacido en una población adaptada durante miles de generaciones a una gravedad diferente, respirar una atmósfera que la primera no toleraría y poseer órganos que no existían en sus antepasados remotos. Sin embargo, si se reconstruyen sus genealogías durante suficiente tiempo, ambas historias terminan conduciendo al mismo lugar.

Ese lugar es el mundo original. Allí evolucionó la población ancestral de la que descienden todos los homininos conocidos y allí comenzó una historia que posteriormente se fragmentó en una cantidad extraordinaria de ramas. Algunas permanecieron relativamente próximas entre sí. Otras pasaron periodos enormes separadas. Muchas volvieron a encontrarse y mezclarse después de miles de generaciones. A todo ello se sumaron posteriormente la ingeniería genética, las migraciones interestelares y el contacto con poblaciones homíninas que habían seguido sus propias historias evolutivas.

El resultado hace difícil hablar de los homininos como hablaríamos de una especie terrestre contemporánea. No existe una anatomía única que permita reconocerlos a todos, ni una cultura compartida por cada población, ni siquiera una experiencia biológica completamente común. Lo que existe es una continuidad.

Son una familia evolutiva que se volvió demasiado grande para parecer una familia.

Todo comenzó con diferencias pequeñas

Las primeras divergencias aparecieron mucho antes de que alguien pudiera abandonar el planeta original. Como ocurre con cualquier población distribuida sobre un territorio extenso, los grupos que permanecían separados comenzaban lentamente a diferenciarse.

El clima ejercía presión sobre el cuerpo. También lo hacían la alimentación, las enfermedades, la altitud y otros factores ambientales. Una característica que resultaba favorable en determinada región podía extenderse entre sus habitantes mientras permanecía poco frecuente en otra población.

Durante largos periodos, la geografía hizo el trabajo que posteriormente harían las distancias astronómicas. Montañas, desiertos, océanos y regiones inhóspitas reducían el contacto entre poblaciones. Cuando esas barreras desaparecían o podían atravesarse, los grupos volvían a encontrarse.

Entonces ocurría otra cosa igualmente importante: se mezclaban.

La genealogía homínina nunca fue un árbol perfectamente ordenado donde una rama se separaba de otra para no volver a tocarla. Desde sus etapas más antiguas se parecía más a una red. Poblaciones divergían, volvían a encontrarse, intercambiaban genes y posteriormente podían separarse otra vez.

La expansión espacial no inventó ese mecanismo.

Lo hizo gigantesco.

La distancia entre planetas

Durante la Fase Solar, las diferencias comenzaron inicialmente como adaptaciones culturales y tecnológicas. Los primeros habitantes fuera del mundo original dependían de hábitats artificiales, sistemas de soporte vital y tecnologías diseñadas para mantener un ambiente adecuado para cuerpos que habían evolucionado bajo condiciones planetarias concretas.

Pero mantener el ambiente no era la única solución posible.

También podía cambiar el cuerpo.

En algunas poblaciones, ciertas diferencias surgieron naturalmente después de numerosas generaciones. En otras, las modificaciones fueron deliberadas. Una comunidad sometida permanentemente a una gravedad distinta podía adaptar su arquitectura y su tecnología a las necesidades de sus habitantes, pero también podía intervenir sobre su propia biología.

Con el tiempo, ambas estrategias comenzaron a encontrarse.

El entorno transformaba a la población.

La población se transformaba para vivir en el entorno.

Y sus descendientes heredaban el resultado.

Lo que inicialmente había sido una adaptación práctica podía convertirse, miles de años después, en una característica considerada fundamental para la identidad de una cultura.

Cuando la estrella de origen quedó demasiado lejos

La expansión interestelar multiplicó estas diferencias porque introdujo periodos de separación mucho mayores. Una población podía abandonar un sistema y permanecer aislada durante cientos o miles de generaciones.

Durante ese tiempo, el resto de la civilización tampoco permanecía inmóvil.

Los habitantes de una colonia evolucionaban cultural y biológicamente.

También lo hacían quienes se habían quedado atrás.

Cuando sus descendientes volvían a encontrarse, ninguno era exactamente aquello que el otro esperaba.

Podían conservar documentos históricos, imágenes y registros genéticos extraordinariamente precisos. Podían saber perfectamente que compartían antepasados. Eso no impedía que el encuentro produjera una sensación desconcertante.

Eran parientes.

Pero podían parecer extranjeros.

El planeta también participa

Los nuevos mundos no eran escenarios vacíos sobre los cuales los colonos simplemente reproducían su sociedad anterior. Cada planeta imponía condiciones particulares.

La gravedad podía ser distinta. La duración del día podía alterar los ritmos biológicos. La radiación podía ser mayor o menor. Las temperaturas podían favorecer determinados patrones de vida. La composición atmosférica podía exigir adaptaciones permanentes.

Incluso en mundos terraformados, las condiciones nunca eran completamente idénticas.

Durante unas cuantas generaciones, estas diferencias podían resolverse principalmente mediante tecnología. Durante periodos mucho mayores, podían comenzar a influir en la propia población.

La selección natural no desapareció cuando apareció la civilización tecnológica.

Simplemente dejó de actuar sola.

El resultado era una biología histórica: cuerpos que contenían, literalmente, decisiones tomadas por el ambiente y decisiones tomadas por sus antepasados.

Y algunos mundos ya tenían homininos

Los encuentros más importantes complicaron todavía más esta historia.

La comparación más cercana para un terrestre sería imaginar el encuentro entre Homo sapiens y otras poblaciones humanas antiguas, aunque la escala temporal y geográfica de estos encuentros espaciales podía ser muchísimo mayor.

Los recién llegados y las poblaciones locales podían poseer diferencias físicas importantes, pero eso no significaba necesariamente que fueran biológicamente incompatibles.

En muchos casos podían tener descendencia.

Y la tuvieron.

No todos los contactos fueron pacíficos. Hubo competencia por territorios y recursos, incomprensión cultural, violencia y episodios que posteriormente serían recordados de maneras completamente diferentes por cada población.

También hubo comercio, alianzas, convivencia y familias.

Con suficiente tiempo, incluso una frontera inicialmente muy clara entre “los que llegaron” y “los que estaban allí” podía desaparecer.

Sus descendientes eran ambas cosas.

Una historia escrita en el cuerpo

Esto significa que la genética de una población contemporánea puede contener capas de historia comparables a las capas arqueológicas de una ciudad antigua.

Una parte puede proceder directamente de poblaciones que participaron en las primeras expansiones. Otra puede pertenecer a homininos encontrados miles de generaciones después. Puede existir una tercera contribución procedente de migrantes llegados desde otro sistema y una cuarta introducida artificialmente mediante modificaciones genéticas.

Después puede ocurrir otra migración.

La población se desplaza, se encuentra con otra, vuelve a mezclarse y continúa su historia.

Miles de años después, sus descendientes quizá ni siquiera sean conscientes de todos esos episodios sin consultar registros genealógicos.

La pregunta aparentemente sencilla “¿de dónde eres?” puede tener respuestas muy diferentes dependiendo de qué signifique exactamente “de dónde”.

Una persona puede haber nacido en un mundo, pertenecer culturalmente a una comunidad originada en otro sistema, descender principalmente de una población procedente de una tercera región y contener características genéticas desarrolladas inicialmente en una cuarta.

Todas esas respuestas pueden ser correctas.

Las oleadas nunca llegaban una sola vez

Otro error común consiste en imaginar la colonización como un acontecimiento único. Un grupo llega a un planeta, lo ocupa y sus descendientes forman la población local.

Rara vez fue tan sencillo.

Una primera población podía establecerse en una región. Siglos después llegaba otra. Posteriormente aparecían refugiados de un sistema vecino, comerciantes procedentes de una ruta distante o comunidades desplazadas por algún conflicto.

Cada oleada encontraba una sociedad que ya existía.

Algunas poblaciones nuevas permanecían relativamente separadas. Otras se integraban rápidamente. Algunas transformaban profundamente la cultura local a pesar de ser numéricamente pequeñas.

Después de suficientes generaciones, hablar de “los colonizadores originales” podía tener sentido histórico, pero explicar muy poco sobre la población contemporánea.

La colonización no producía una línea genealógica.

Producía estratos.

Los que se fueron y regresaron

Las migraciones tampoco tenían una única dirección.

Una población podía abandonar un mundo y regresar miles de años después. Para entonces, tanto quienes se habían marchado como quienes permanecieron allí habían cambiado.

El encuentro podía ser especialmente extraño cuando ambos grupos conservaban relatos sobre su parentesco.

Los que regresaban podían imaginar que estaban volviendo a casa.

Los habitantes locales podían considerarlos extranjeros.

Biológicamente podían seguir siendo próximos. Culturalmente podían estar separados por una distancia enorme.

En otros casos, una rama regresaba acompañada por poblaciones con las que se había mezclado durante su ausencia. El retorno introducía así nuevas características genéticas y culturales en el mismo lugar del que sus antepasados habían partido.

La historia volvía sobre sí misma, pero nunca regresaba exactamente al mismo punto.

No todas las diferencias son visibles

La enorme diversidad homínina tampoco debe imaginarse únicamente como una colección de cuerpos exóticos.

Muchas de las adaptaciones más importantes pueden ser invisibles.

Una población puede poseer diferencias metabólicas que le permitan utilizar determinados alimentos. Otra puede tolerar niveles de radiación que resultarían peligrosos para la mayoría. Algunas pueden necesitar menos horas de sueño o mantener ritmos biológicos adaptados a ciclos planetarios muy distintos.

También pueden existir diferencias en el sistema inmunitario, la regulación térmica, la percepción sensorial, la reproducción o el envejecimiento.

Dos personas pueden parecer prácticamente idénticas y, sin embargo, necesitar ambientes fisiológicos diferentes. Lo contrario también es posible. Dos poblaciones con apariencias sorprendentemente distintas pueden compartir una compatibilidad biológica mucho mayor de lo que su aspecto sugiere.

En una civilización acostumbrada a modificaciones corporales, la apariencia terminó siendo además un indicador cada vez menos fiable de la genealogía. Un cuerpo dice algo sobre la historia de una persona. Pero nunca la cuenta completa.

La ingeniería entra en la genealogía

Cuando las poblaciones adquirieron la capacidad de modificar deliberadamente su genética, la historia se volvió todavía más complicada.

Después aparecieron modificaciones más amplias.

Adaptaciones para determinados mundos.

Cambios metabólicos.

Alteraciones relacionadas con la longevidad.

Características físicas.

Capacidades sensoriales.

Las modificaciones realizadas sobre individuos podían terminar incorporándose a poblaciones completas cuando eran heredables. Miles de generaciones después, una característica diseñada en un laboratorio podía estar tan integrada en una población que sus habitantes la consideraran completamente natural.

Desde su perspectiva, lo era.

Habían nacido con ella.

Sus padres también.

Y los padres de sus padres.

La imposibilidad de encontrar al hominino puro

En diferentes momentos de la historia aparecieron movimientos interesados en encontrar una supuesta forma original del hominino. La búsqueda siempre terminó enfrentándose al mismo problema: ¿original respecto de qué momento?

La población del mundo ancestral ya era genéticamente diversa antes de abandonar el planeta. Sus antepasados se habían mezclado con otras poblaciones. Habían experimentado selección natural, migraciones y adaptaciones durante periodos inmensos. No existía un punto biológico limpio al que regresar.

Incluso si alguien pudiera reconstruir exactamente el genoma de una población de determinada época, estaría seleccionando arbitrariamente una fotografía dentro de una película evolutiva muchísimo más larga. La pureza genética no describe bien la historia de los homininos porque esa historia nunca estuvo formada por líneas que permanecieran separadas. Fue siempre una historia de divergencia y reencuentro.

¿Siguen siendo la misma especie?

En algún momento, la diversidad hizo inevitable una pregunta taxonómica. Si dos poblaciones han estado separadas durante cientos de miles de generaciones, presentan anatomías diferentes y necesitan modificaciones para reproducirse entre sí, ¿siguen perteneciendo a la misma especie?

La biología puede ofrecer varias respuestas dependiendo del criterio utilizado. La civilización encontró más útil una categoría más amplia.

Homininos.

El término no exige que todos sean biológicamente idénticos ni que puedan reproducirse directamente entre sí. Describe una continuidad evolutiva e histórica. Esto permite incluir poblaciones que, bajo una clasificación estrictamente biológica, podrían pertenecer a especies o incluso ramas diferentes.

Para la vida cotidiana, la distinción rara vez necesita resolverse.

Dos personas no requieren pertenecer exactamente a la misma especie para considerarse parte de una historia común.

El parentesco como hecho histórico

El resultado es una imagen extraordinariamente compleja.

Una población que durante siglos se consideró descendiente de un único grupo puede descubrir contribuciones procedentes de varias migraciones. Una característica considerada originaria de un planeta puede haber llegado desde otro sistema. Una población aparentemente aislada puede revelar un antiguo episodio de mezcla ocurrido antes de que comenzaran sus registros culturales.

Estos descubrimientos rara vez modifican la vida cotidiana.

Pero recuerdan algo que la civilización aprendió hace mucho tiempo: las identidades culturales son mucho más ordenadas que las genealogías.

Los relatos dicen “nosotros” y “ellos”.

Los genes suelen contar una historia menos disciplinada.

Diferentes cuerpos, problemas familiares

La magnitud de estas diferencias podría hacer pensar que los homininos contemporáneos se perciben mutuamente como criaturas completamente ajenas. En muchos lugares ocurre exactamente lo contrario.

La familiaridad no depende exclusivamente del aspecto.

Una persona adaptada a vivir en un océano artificial puede discutir con sus padres. Alguien capaz de modificar partes de su cuerpo puede sentirse incómodo durante una primera cita. Una población que vive bajo una gravedad tres veces menor puede desarrollar canciones sobre volver a casa.

Las condiciones cambian.

Las escalas cambian.

Muchos comportamientos resultan desconcertantemente reconocibles.

Después de millones de años de evolución, migraciones y tecnología, las diferencias entre los homininos pueden ser enormes. Pero también pueden ser superficiales frente a continuidades mucho más antiguas.

Siguen formando vínculos.

Siguen construyendo identidades.

Siguen preguntándose de dónde vienen.

Una familia demasiado grande

Quizá la mejor manera de entender a las poblaciones homíninas sea abandonar la imagen de un árbol perfectamente dividido.

Su historia se parece más a un delta.

Una corriente se divide en muchas. Algunas vuelven a encontrarse. Otras avanzan durante enormes distancias sin tocarse. Nuevos cauces aparecen, antiguos desaparecen y el agua termina mezclándose de maneras imposibles de reconstruir observando únicamente el punto final.

La población ancestral sigue allí, en el origen de todas esas trayectorias.

Pero nadie descendió de ella de la misma manera.

Algunos homininos conservan características muy próximas a las antiguas poblaciones. Otros son resultado de innumerables mezclas. Algunos incorporan adaptaciones de ramas locales. Otros contienen modificaciones diseñadas por antepasados que vivieron miles de años antes de su nacimiento.

Por eso dos homininos pueden encontrarse hoy y no compartir planeta, anatomía, cultura, idioma, ambiente ni siquiera exactamente la misma definición biológica de especie.

Aun así, si retroceden suficientemente lejos, terminan encontrándose.

No necesariamente en una nación, una cultura o una civilización.

Mucho antes de que existiera cualquiera de ellas.

En una población de animales que vivía en un único planeta y que no tenía ninguna manera de saber hasta dónde llegarían sus descendientes.