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Millones de maneras de ser humano: dentro de la civilización más diversa de la historia

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En un planeta densamente urbanizado, una persona puede despertarse en un edificio de varios kilómetros de altura, modificar temporalmente algunas funciones de su cuerpo, conversar con una inteligencia artificial y desplazarse hacia otro mundo antes de terminar su jornada. A una distancia enorme, otra población puede pasar la mañana conduciendo animales por una llanura, cocinar sobre fuego y dormir en estructuras desmontables que sus antepasados reconocerían sin dificultad. Ambas pueden pertenecer a la misma civilización. Ambas pueden conocer perfectamente la existencia de la otra y ninguna tiene necesariamente interés en vivir como ella.

Esta es una de las características más difíciles de comprender de la civilización homínina contemporánea. Su enorme desarrollo tecnológico no produjo una forma de vida universal. Tampoco existe una secuencia sencilla mediante la cual todas las sociedades atraviesen las mismas etapas hasta terminar convertidas en versiones aproximadamente idénticas de una civilización avanzada.

Ocurrió algo distinto. A medida que aumentaron las posibilidades tecnológicas, aumentó también la cantidad de formas de vida que podían sostenerse. Una sociedad con acceso a tecnologías extraordinariamente sofisticadas podía utilizarlas intensivamente, parcialmente o casi nunca. Podía automatizar prácticamente toda su existencia o emplear esa misma infraestructura para proteger un territorio donde sus habitantes preferían vivir de maneras mucho más sencillas.

La tecnología dejó de determinar necesariamente cómo debía organizarse una sociedad. En muchos lugares se convirtió simplemente en otra cosa sobre la cual decidir.

El error de imaginar una escalera

Durante buena parte de la historia, las sociedades acostumbraron clasificar a otras mediante escalas de desarrollo. Una población podía ser considerada más avanzada si poseía mejores herramientas, ciudades mayores, sistemas políticos más complejos o mayor capacidad para transformar su ambiente.

La expansión volvió cada vez más difícil sostener esa idea.

Una sociedad podía poseer conocimientos extraordinarios de genética y mostrar poco interés por los viajes espaciales. Otra podía mantener una infraestructura interestelar sofisticada mientras conservaba estructuras familiares y religiosas que tenían miles de años. Una población podía vivir en edificios capaces de autorregular prácticamente todas sus funciones y organizar buena parte de su vida comunitaria mediante instituciones sorprendentemente simples.

No había una única dirección.

El desarrollo comenzó a parecer menos una escalera que un mapa con miles de caminos posibles.

Una sociedad podía avanzar enormemente en una dirección y detenerse deliberadamente en otra. Podía abandonar una tecnología después de haberla utilizado durante siglos. Podía recuperar una práctica antigua porque sus habitantes encontraban valor en ella. Podía adoptar una innovación procedente de otra población sin aceptar ninguna de las costumbres que la acompañaban.

Ser capaz de hacer algo dejó de significar necesariamente querer hacerlo.

Las ciudades que nunca terminan

En uno de los extremos existen sociedades cuya experiencia cotidiana depende profundamente de sistemas tecnológicos.

Algunas ciudades se extienden por superficies enormes. Otras crecen verticalmente. Hay asentamientos construidos en lugares donde ninguna población ancestral podría haber sobrevivido: mundos con condiciones extremas, océanos, atmósferas incompatibles o regiones donde prácticamente todo el ambiente habitable ha sido producido artificialmente.

En estos lugares, distinguir entre ciudad y máquina puede resultar difícil.

La temperatura, la composición atmosférica, la circulación de agua y materiales, la producción de alimentos y buena parte del transporte pueden ser gestionados automáticamente. Las estructuras reaccionan a sus habitantes. Los espacios se modifican según necesidades que cambian durante el día.

Eso no significa que la vida dentro de ellos sea necesariamente frenética. Una tecnología suficientemente desarrollada puede hacer exactamente lo contrario. Puede desaparecer.

Una persona no necesita comprender los sistemas que mantienen funcionando su ciudad del mismo modo que un habitante del mundo original no necesitaba comprender la química de su atmósfera para respirar.

La infraestructura se convierte en ambiente.

Mundos que decidieron no convertirse en ciudades

En otros lugares ocurrió lo contrario.

Algunas poblaciones tuvieron acceso a tecnologías capaces de urbanizar enormes territorios y decidieron no hacerlo. Construyeron asentamientos pequeños, limitaron determinadas infraestructuras o concentraron la tecnología en lugares específicos para conservar extensiones inmensas con poca intervención.

Las razones varían.

En ciertos mundos existe una fuerte tradición cultural vinculada al paisaje. En otros, las poblaciones consideran deseable mantener una relación directa con determinados ecosistemas. Algunas sociedades simplemente prefieren comunidades pequeñas.

Eso no significa que desconozcan las alternativas.

Una persona puede vivir en una vivienda construida mediante técnicas tradicionales y tener acceso inmediato a sistemas médicos desarrollados por una civilización intergaláctica.

Puede desplazarse a pie durante la mayor parte de su vida cotidiana y utilizar transporte interestelar cuando necesita visitar otro mundo.

Puede cocinar manualmente y permitir que una inteligencia artificial gestione problemas que ningún individuo podría resolver.

La aparente contradicción desaparece cuando se comprende que la tecnología no necesita ocupar todos los espacios únicamente porque exista.

Los nómadas nunca desaparecieron

La expansión tampoco terminó con el nomadismo.

En algunos planetas continúan existiendo poblaciones que se desplazan siguiendo ciclos ambientales, animales, estaciones o tradiciones culturales. Algunas lo hacen mediante tecnologías relativamente sencillas. Otras utilizan vehículos y sistemas extraordinariamente sofisticados para mantener una forma de vida que, en términos sociales, sigue siendo nómada.

También existen formas de nomadismo que los primeros homininos no habrían podido imaginar.

Comunidades enteras viven desplazándose entre hábitats.

Algunas no consideran ningún planeta su hogar permanente. Pasan generaciones recorriendo rutas establecidas entre sistemas. Sus lugares de residencia pueden ser naves, estructuras móviles o conjuntos de hábitats que se separan y vuelven a encontrarse.

Para ellos, la idea de que una sociedad necesita estar vinculada a un territorio fijo puede resultar tan extraña como para otras poblaciones resulta la idea de no tenerlo.

El nomadismo no sobrevivió porque la civilización fuera incapaz de sustituirlo.

Sobrevivió porque seguía siendo una forma válida de vivir.

Personas que nunca han pisado un planeta

Durante la mayor parte de la historia homínina, vivir significaba vivir sobre un mundo. Eso dejó de ser universal durante la Fase Solar.

Las primeras estaciones eran instalaciones. Después se convirtieron en asentamientos. Los asentamientos crecieron hasta producir generaciones de personas que podían pasar toda su vida fuera de una superficie planetaria.

Mucho más tarde aparecieron poblaciones para las cuales los planetas eran simplemente una posibilidad entre muchas. Hábitats orbitales, estructuras artificiales y ciudades construidas en el espacio podían albergar sociedades completas. Algunas reproducían ambientes planetarios con enorme precisión. Otras no intentaban hacerlo.

Una persona nacida en uno de esos lugares podía considerar extraña la idea de vivir permanentemente en el fondo de un pozo gravitatorio, bajo una atmósfera que nadie controla y expuesta a fenómenos meteorológicos.

Para un habitante planetario, la reacción podía ser exactamente la contraria. Ambos podían pensar que el otro había elegido una forma peculiar de vivir. Ambos tendrían razón.

El cuerpo también se convirtió en cultura

Las diferencias no se limitan al entorno.

Cuando la ingeniería genética alcanzó suficiente precisión, algunas poblaciones comenzaron a modificar deliberadamente su biología. Al principio para evitar enfermedades o adaptarse a ambientes difíciles. Posteriormente, las posibilidades se ampliaron.

Algunas comunidades modificaron metabolismo, percepción, estructura corporal o procesos relacionados con el envejecimiento. Otras incorporaron características que habían aparecido naturalmente en poblaciones diferentes.

Con suficiente tiempo, determinadas modificaciones se convirtieron en parte de la identidad colectiva. Pero no todas las sociedades siguieron ese camino.

Algunas prefirieron conservar cuerpos relativamente próximos a las formas ancestrales. No necesariamente rechazaban la medicina genética. Podían eliminar enfermedades y corregir problemas graves mientras establecían límites culturales sobre otras intervenciones.

Entre ambos extremos existe prácticamente todo lo imaginable. La diversidad corporal no puede ordenarse de manera sencilla desde menos modificado hasta más avanzado.

Una población profundamente modificada no representa el futuro inevitable de otra que decidió no hacerlo. Representa una elección histórica diferente.

Los tradicionalistas también utilizan tecnología

La palabra tradicional puede resultar engañosa.

Una comunidad que conserva costumbres antiguas no necesariamente vive con tecnologías antiguas. Puede utilizar sistemas avanzados precisamente para mantener esas costumbres.

Una población agrícola puede cultivar variedades que sus antepasados reconocían mientras emplea conocimientos biológicos extremadamente sofisticados para protegerlas. Una comunidad puede construir viviendas con materiales locales utilizando técnicas transmitidas durante generaciones y recurrir a tecnología avanzada únicamente cuando resulta necesaria.

Incluso existen sociedades donde la infraestructura tecnológica se mantiene deliberadamente fuera de la experiencia cotidiana. Los sistemas están allí. Simplemente no necesitan estar constantemente visibles. Esto produce lugares que, observados superficialmente, pueden parecer mucho menos tecnológicos de lo que realmente son.

Una aldea puede no tener vehículos visibles, pantallas o maquinaria y estar protegida por sistemas médicos, energéticos y ambientales de una sofisticación extraordinaria.

La sencillez puede ser una elección de diseño civilizatorio.

También existen sociedades que quieren más

En el extremo contrario están las culturas donde modificar, experimentar y adoptar nuevas tecnologías forma parte de la identidad.

En ellas, conservar una forma determinada simplemente porque es antigua puede resultar difícil de comprender. Los cuerpos cambian, los espacios se reconstruyen y las tecnologías se incorporan rápidamente a la vida cotidiana.

La estabilidad no siempre es un valor.

Algunas ciudades se transforman constantemente. Barrios enteros pueden modificar su arquitectura en periodos relativamente breves. Las experiencias sensoriales, las formas de comunicación y las maneras de habitar un espacio pueden cambiar varias veces durante la vida de una persona.

Para quienes disfrutan esa cultura, la transformación permanente no significa pérdida de identidad.

Es su identidad.

La tradición consiste precisamente en no permanecer igual.

Religiones bajo millones de cielos

La expansión tampoco produjo una secularización universal.

En algunos mundos, la religión tiene poca presencia en la vida cotidiana. Las instituciones religiosas existen principalmente como herencia histórica o práctica privada. En otros lugares ocurre exactamente lo contrario.

La religión puede organizar calendarios, arquitectura, relaciones comunitarias y ceremonias importantes. Hay poblaciones cuya identidad colectiva resulta imposible de comprender sin conocer sus tradiciones espirituales.

Algunas religiones tienen orígenes antiquísimos. Otras nacieron durante la expansión. Determinadas creencias surgieron en estaciones, colonias o mundos donde la experiencia de la existencia era radicalmente diferente de la del planeta ancestral.

La tecnología avanzada tampoco eliminó automáticamente esas creencias.

Una sociedad puede comprender con enorme precisión los procesos físicos del universo y seguir considerando que existen preguntas que la física no pretende responder o puede no hacerlo. La civilización tiene espacio para ambas posibilidades.

El conocimiento no obliga a compartir valores

Esta es quizá una de las consecuencias más importantes de una civilización conectada. Las poblaciones pueden compartir información sin compartir conclusiones.

Dos sociedades pueden disponer exactamente del mismo conocimiento científico y construir culturas distintas alrededor de él. Pueden comprender igualmente una tecnología y decidir utilizarla de maneras diferentes.

La información común no produce automáticamente una cultura común. Esto explica por qué las diferencias sobreviven incluso cuando el aislamiento desaparece. Una comunidad no necesita desconocer otras formas de vida para conservar la propia. Sus habitantes pueden estudiarlas, visitarlas y comprender perfectamente sus ventajas. Después pueden regresar a casa.

Una sociedad puede ser avanzada y socialmente sencilla

La tecnología y la complejidad social tampoco mantienen una relación necesaria.

Una población pequeña puede disponer de sistemas técnicos extraordinariamente sofisticados y organizarse mediante instituciones mínimas. Si la producción, la infraestructura y buena parte de la administración funcionan con muy poca intervención, no existe una razón inevitable para construir enormes estructuras burocráticas.

También puede ocurrir lo contrario.

Una sociedad con tecnologías relativamente limitadas puede desarrollar sistemas de parentesco, tradiciones jurídicas, mecanismos de negociación y estructuras comunitarias de enorme complejidad.

Desde fuera, sus herramientas pueden parecer sencillas. Comprender cómo funciona su sociedad puede requerir años. La sofisticación no existe en una sola dimensión.

El espejismo del atraso

Por eso resulta peligroso observar una sociedad y clasificarla rápidamente como atrasada.

Una comunidad puede no utilizar una tecnología porque nunca tuvo acceso a ella. Pero también puede conocerla perfectamente y no considerarla necesaria. Puede haberla utilizado en el pasado y abandonado. Puede restringirla a determinadas circunstancias.

El resultado visible puede ser idéntico.

Las historias detrás de él no lo son.

Un viajero podría encontrar una población que utiliza herramientas manuales y concluir que está observando una sociedad tecnológicamente limitada, solamente para descubrir que sus habitantes podrían fabricar herramientas mucho más avanzadas y simplemente prefieren no emplearlas para esa actividad.

La capacidad y el uso dejaron de ser sinónimos.

Aunque algunas poblaciones sí están aisladas

Nada de esto significa que todas las diferencias sean voluntarias.

La civilización contiene también poblaciones que perdieron tecnologías, quedaron aisladas o nunca tuvieron acceso completo a determinados conocimientos e infraestructuras.

Algunas colonias atravesaron colapsos. Otras quedaron atrapadas en lugares difíciles de alcanzar. Existen comunidades cuyos antepasados poseían capacidades que sus descendientes ya no pueden reproducir. También hay poblaciones que permanecieron separadas durante tanto tiempo que su trayectoria tecnológica siguió caminos completamente distintos.

Una sociedad sencilla puede ser sencilla porque lo eligió.

Otra porque sus condiciones materiales no permiten otra cosa.

Otra porque todavía no ha desarrollado ciertas tecnologías.

Otra porque las tuvo y las perdió.

Observar únicamente su presente no basta para saber cuál es el caso.

No todas las tecnologías viajan juntas

La idea de niveles de desarrollo también falla porque una innovación no implica automáticamente todas las demás.

Una población puede alcanzar una biotecnología extraordinaria mientras mantiene sistemas de transporte relativamente modestos. Otra puede especializarse en ingeniería ambiental. Una tercera puede poseer conocimientos avanzados sobre inteligencia artificial y mostrar poco interés por modificar su biología.

Las razones pueden ser históricas, ambientales o culturales. Cada sociedad invierte atención en problemas diferentes.

Una población que vive en un planeta extremadamente difícil puede desarrollar conocimientos ambientales que resultan innecesarios en otros lugares. Una sociedad compuesta principalmente por hábitats artificiales puede convertirse en especialista en sistemas cerrados.

El desarrollo sigue necesidades, oportunidades y preferencias.

No un árbol tecnológico universal.

La civilización hace posible la diferencia

Existe una paradoja todavía mayor: muchas de estas formas de vida pueden mantenerse precisamente porque existe una infraestructura civilizatoria extremadamente avanzada alrededor de ellas.

Una comunidad puede decidir no industrializar su territorio porque no necesita producir localmente cada herramienta que utiliza. Una pequeña población puede conservar su idioma porque los sistemas de traducción eliminan parte de la presión por adoptar una lengua mayoritaria. Un asentamiento remoto puede mantener una población reducida porque tiene acceso a conocimientos médicos que anteriormente habrían requerido una gran concentración urbana.

La civilización común no necesariamente aplana las diferencias. En algunos casos las subvenciona. Una sociedad tecnológicamente poderosa puede permitirse sostener formas de vida que una sociedad menos desarrollada habría tenido dificultades para mantener. La abundancia aumenta las opciones.

Y entre esas opciones está vivir con menos.

Viajar entre mundos también significa viajar entre formas de vida

Para una persona contemporánea, el viaje puede producir algo mucho más profundo que un cambio de paisaje.

En un mundo puede vivir dentro de una ciudad donde prácticamente cada superficie responde a su presencia. En otro puede encontrar comunidades donde la mayor parte de la vida ocurre al aire libre. Puede pasar después por una estación habitada por personas que nunca han experimentado lluvia y terminar en una región donde el calendario social entero depende de las estaciones.

Las diferencias no son decorativas. Cambian aquello que las personas consideran normal.

Qué significa privacidad.

Qué significa familia.

Qué significa propiedad.

Qué significa naturaleza.

Qué significa trabajo.

Incluso qué significa tener un cuerpo.

La civilización proporciona suficientes puntos de conexión para que esas sociedades puedan relacionarse sin exigir que compartan respuestas.

El futuro dejó de ser singular

Quizá el cambio conceptual más profundo ocurrió cuando desapareció la idea de que todas las sociedades estaban destinadas a terminar en el mismo lugar.

Durante épocas anteriores era posible imaginar el progreso como una dirección. Las sociedades menos desarrolladas adoptarían eventualmente las tecnologías de las más desarrolladas y, al hacerlo, comenzarían a parecerse a ellas.

La historia espacial destruyó esa expectativa. Algunas sociedades adoptaron tecnologías nuevas y se hicieron más diferentes. Otras utilizaron tecnología avanzada para recuperar formas de vida anteriores. Algunas cambiaron sus cuerpos. Otras los conservaron. Algunas construyeron ciudades enormes. Otras abandonaron las ciudades. Algunas se extendieron por muchos sistemas. Otras decidieron que un solo territorio era suficiente.

No existía una contradicción que necesitara resolverse.

Eran futuros diferentes.

Millones de respuestas

En una civilización de semejante escala, la diversidad no puede reducirse a una colección de costumbres pintorescas. Es una consecuencia estructural de su historia.

Cada migración creó una posibilidad de separación. Cada ambiente produjo nuevos problemas. Cada periodo de aislamiento permitió desarrollar soluciones distintas. Cada reencuentro introdujo nuevas mezclas. La ingeniería genética amplió las posibilidades biológicas y la tecnología multiplicó las formas de organizar la vida.

Después de suficiente tiempo, la pregunta dejó de ser cómo vive la civilización homínina.

No existe una respuesta.

Hay poblaciones urbanas y rurales, sedentarias y nómadas, planetarias y espaciales, religiosas y seculares, profundamente modificadas y casi ancestrales. Hay sociedades que celebran la transformación y otras que encuentran significado en la continuidad.

Todas pueden disponer de conocimientos extraordinarios y utilizarlos de maneras completamente diferentes.

Eso quizá sea lo que distingue a una civilización verdaderamente avanzada de la caricatura que sus antepasados imaginaban cuando pensaban en el futuro. No terminó construyendo un modelo perfecto de sociedad y reproduciéndolo por todo el universo.

Construyó algo mucho más difícil: una infraestructura dentro de la cual podían existir millones de modelos.

La civilización común no necesita que una población abandone sus tradiciones para pertenecer a ella, que transforme su cuerpo para ser moderna ni que cubra su planeta de ciudades para demostrar su desarrollo. Tampoco necesita que quienes prefieren la tecnología renuncien a ella en nombre de alguna supuesta autenticidad ancestral.

Después de millones de años de expansión, los homininos no encontraron una única manera correcta de vivir.

Encontraron suficientes maneras de vivir como para dejar de necesitar una.