Muchos mundos dentro del primero: las poblaciones separadas del planeta original
Hablar de “los homininos del mundo original” produce una impresión engañosa. La expresión resulta útil para quienes observan el planeta desde fuera, porque permite agrupar a todas las poblaciones que permanecieron allí después de la devastación, pero no describe necesariamente la manera en que esas poblaciones se entienden a sí mismas.
No existe una sociedad de los homininos originales, ni una cultura común que abarque el planeta. Existen comunidades, pueblos y poblaciones separados por distancias que, bajo sus condiciones materiales, pueden ser enormes. Algunas mantienen contacto con sus vecinos y participan en redes regionales; otras viven en territorios mucho más aislados, y entre las poblaciones más distantes puede no existir ninguna relación.
El resultado es un planeta que desde el espacio parece una unidad y que, desde su superficie, contiene numerosos mundos humanos.
Cuando las distancias volvieron a ser distancias
Durante la antigua civilización tecnológica, un océano no impedía necesariamente que dos personas hablaran. Las montañas, los desiertos y las grandes extensiones terrestres seguían condicionando la vida humana, pero carreteras, sistemas de comunicación y medios de transporte habían reducido enormemente su capacidad para separar poblaciones.
La pérdida de esa infraestructura cambió la escala del planeta. Una distancia que anteriormente podía recorrerse en horas volvió a exigir semanas, meses o incluso se convirtió en una barrera prácticamente infranqueable. Los accidentes geográficos recuperaron una importancia que las sociedades tecnológicas habían aprendido a minimizar.
Una cordillera podía separar dos poblaciones durante generaciones. Un desierto podía convertirse en el límite del mundo conocido, mientras que un océano podía dejar de ser una ruta para volver a ser una extensión cuya otra orilla solo existía en relatos.
El planeta no aumentó de tamaño. La capacidad humana para atravesarlo disminuyó.
Los continentes volvieron a separar historias
Esta transformación tuvo consecuencias especialmente profundas entre poblaciones situadas en masas continentales diferentes. Sin sistemas de navegación capaces de mantener conexiones regulares a gran escala, los océanos podían interrumpir relaciones que durante la civilización anterior habían parecido permanentes.
Los descendientes de personas que alguna vez pertenecieron a una misma red planetaria comenzaron a desarrollar historias separadas. Después de suficientes generaciones, dos comunidades situadas en continentes diferentes podían compartir antepasados remotos sin conservar ninguna memoria clara de esa relación.
Cada población heredaba una parte del mundo. Conocía sus montañas, sus ríos, sus animales, sus estaciones y las regiones a las que podía llegar, mientras el resto del planeta se convertía progresivamente en geografía imaginada.
Para algunos pueblos, otros continentes podían seguir existiendo como lugares reales dentro de una tradición. Para otros, podían convertirse en territorios legendarios. Y para algunos, simplemente podían dejar de existir como concepto.
Nadie necesita saber que vive en un planeta
Desde fuera resulta evidente que todas esas poblaciones habitan el mismo cuerpo planetario. Esa perspectiva, sin embargo, depende de conocimientos que no tienen por qué estar disponibles para quienes viven sobre la superficie.
Una sociedad puede desarrollar una comprensión muy precisa de su territorio sin poseer una imagen global del planeta. Puede conocer rutas, cuencas, montañas y costas, observar los movimientos del cielo y construir sistemas geográficos sofisticados sin disponer de información suficiente para saber qué existe más allá de las regiones accesibles.
Incluso la idea de que todas las tierras forman parte de una esfera puede aparecer en algunas culturas y estar ausente en otras. El conocimiento astronómico tampoco tiene que desarrollarse de la misma manera en todas partes, porque cada sociedad acumula preguntas, métodos y tradiciones intelectuales diferentes.
Así, dos poblaciones contemporáneas pueden habitar el mismo planeta y poseer concepciones completamente distintas de aquello que ese planeta es.
El mundo conocido puede ser pequeño
Para una comunidad aislada, el mundo humano puede abarcar unos cuantos valles. Más allá pueden existir pueblos con los que comercia, grupos conocidos solamente mediante intermediarios y territorios de los que llegan objetos sin que nadie sepa con precisión dónde fueron producidos.
En otra región puede existir una red mucho más extensa. Varias poblaciones pueden compartir rutas comerciales, matrimonios, conflictos, idiomas relacionados y conocimientos sobre territorios situados a grandes distancias.
No existe una escala uniforme. Algunas sociedades pueden conocer regiones enormes mientras otras desarrollan su historia dentro de espacios comparativamente reducidos.
Esto significa que el aislamiento tampoco debe imaginarse como una serie de pequeñas comunidades completamente desconectadas entre sí. Hay grados de conexión, desde poblaciones casi solitarias hasta sistemas regionales capaces de vincular a numerosos pueblos.
Lo que falta es una red que vuelva a reunir al planeta entero.
Un objeto puede viajar más lejos que una persona
Quien finalmente recibe el objeto puede no saber quién lo produjo. Puede incluso desconocer la existencia de la población que lo obtuvo originalmente.
Las historias pueden viajar de manera semejante. Un relato contado en una región puede atravesar generaciones y pueblos, modificándose en cada transmisión hasta llegar a lugares donde nadie conoce su procedencia.
Así pueden aparecer noticias sobre territorios remotos sin que exista contacto directo con ellos. La información se desplaza, pero cambia mientras lo hace.
El planeta puede estar fragmentado sin estar completamente inmóvil.
Los otros pueblos pueden convertirse en leyenda
Cuando una población conserva relatos sobre comunidades lejanas con las que ya no mantiene contacto, la frontera entre geografía e imaginación comienza a volverse borrosa. Una historia sobre personas que viven al otro lado de un océano puede conservar un núcleo histórico durante siglos y, al mismo tiempo, incorporar elementos imposibles de separar posteriormente.
Los habitantes de tierras distantes pueden adquirir características fantásticas. Sus ciudades pueden crecer con cada generación de narradores, mientras viajes reales terminan convertidos en epopeyas y antiguos nombres geográficos sobreviven como lugares cuya ubicación nadie conoce.
Eso no hace inútiles las tradiciones. Al contrario, algunas pueden conservar fragmentos de información durante periodos extraordinariamente largos.
El problema consiste en distinguir el recuerdo de todo lo que la cultura construyó alrededor de él.
Los otros mundos pueden sobrevivir como memoria
En algunas poblaciones, la transmisión cultural puede llegar todavía más lejos. Determinados relatos podrían conservar ecos de una época en la que los habitantes del planeta sabían que existían comunidades fuera de su superficie.
Después de incontables generaciones, esos recuerdos no tendrían por qué conservar su significado original. Un asentamiento orbital podría sobrevivir como una morada celeste, mientras un viaje espacial podría transformarse en una historia sobre antepasados que ascendieron al cielo.
En otra cultura, el recuerdo podría conservar elementos sorprendentemente concretos. Una tradición puede afirmar que existen tierras en el cielo o que los antepasados conocieron personas procedentes de lugares situados más allá del mundo visible, aunque ya no disponga del marco tecnológico necesario para interpretar esa afirmación como lo hicieron quienes la formularon originalmente.
No todas las historias sobre otros mundos tendrían necesariamente ese origen. Las culturas pueden imaginar habitantes celestes, mundos superiores o regiones invisibles sin conservar ninguna memoria tecnológica, de modo que la semejanza entre una antigua realidad y una mitología posterior no bastaría por sí sola para demostrar continuidad.
La memoria puede sobrevivir. También puede inventar.
Otras poblaciones no recuerdan nada
En el extremo contrario existen sociedades para las cuales no hay ningún mundo exterior reconocible en la memoria cultural. Si sus antepasados conservaron historias sobre la antigua civilización, esas historias desaparecieron o cambiaron hasta dejar de contener información identificable.
Para ellas, la existencia de otros mundos habitados puede no ser una pregunta especialmente importante. El cielo puede tener funciones religiosas, calendáricas o prácticas sin ser concebido como un territorio poblado por seres semejantes a quienes viven sobre la superficie.
Incluso la historia de una civilización tecnológica anterior puede haberse perdido casi por completo. Las ruinas, cuando existen en su entorno, pueden interpretarse mediante explicaciones desarrolladas mucho después de que desapareciera el conocimiento de quién las construyó.
Desde fuera, esa pérdida puede parecer enorme. Desde dentro, simplemente forma parte del mundo tal como siempre ha sido conocido por las generaciones vivas.
La historia empieza en momentos diferentes
Cada sociedad posee también una profundidad histórica distinta.
Algunas pueden conservar genealogías extraordinariamente largas. Otras organizan su pasado alrededor de migraciones, catástrofes, fundaciones o acontecimientos religiosos ocurridos mucho después de la guerra.
Para una población, el acontecimiento más antiguo recordado puede ser la llegada de sus antepasados a un valle. Otra puede conservar relatos sobre una gran destrucción ocurrida en un pasado remoto, mientras una tercera sitúa el comienzo de su historia en un acontecimiento que, desde la perspectiva exterior, ocurrió miles de años después.
Eso significa que no existe una memoria compartida del planeta.
El mismo pasado físico produjo múltiples pasados culturales.
Los idiomas siguieron separándose
El aislamiento también transformó las lenguas.
Una población separada durante generaciones acumula cambios de pronunciación, vocabulario y gramática. Nuevas palabras aparecen para describir realidades locales, mientras otras desaparecen junto con objetos, instituciones o conceptos que dejaron de formar parte de la experiencia cotidiana.
Con suficiente tiempo, idiomas que alguna vez fueron mutuamente comprensibles pueden convertirse en lenguas completamente diferentes. Después de periodos todavía mayores, incluso demostrar su parentesco puede requerir reconstrucciones complejas.
La desaparición de tecnologías produce además cambios particulares en el vocabulario. Palabras que alguna vez designaron máquinas, instituciones o lugares pueden desaparecer, cambiar de significado o sobrevivir dentro de expresiones cuyo origen ya nadie recuerda.
Un término técnico puede terminar convertido en nombre propio. El nombre de una instalación puede transformarse en topónimo, mientras una palabra asociada con los viajes espaciales puede sobrevivir dentro de un relato religioso sin conservar su sentido anterior.
Las lenguas también contienen ruinas.
Ninguna cultura es la cultura original
La existencia de tantas poblaciones hace imposible señalar a una de ellas como representante auténtica de los antiguos habitantes del planeta.
Todas han cambiado.
Cada una procede de una trayectoria histórica específica, y ninguna conserva intacta la cultura de las sociedades anteriores a la devastación. Incluso aquellas que mantuvieron determinados elementos muy antiguos los reinterpretaron durante generaciones.
La idea de una cultura original resulta especialmente problemática porque esa cultura nunca existió como una unidad. Mucho antes de la expansión espacial, el planeta ya contenía pueblos, lenguas, religiones y sociedades diferentes.
Los supervivientes heredaron esa diversidad y después produjeron más. No son fragmentos de una sola cultura rota. Son descendientes de un mundo que ya era plural.
La geografía produce nuevas diferencias
Con el paso del tiempo, cada población tuvo que adaptarse a condiciones ambientales particulares.
Una comunidad costera desarrolló conocimientos distintos de una población de montaña. Los habitantes de regiones áridas organizaron su vida alrededor de problemas diferentes de quienes vivían en bosques húmedos, mientras las sociedades de latitudes extremas respondieron a ciclos ambientales que otras poblaciones nunca experimentaron.
Esas diferencias afectan más que la tecnología. Influyen en alimentación, vivienda, movilidad, calendarios, relaciones económicas y formas de cooperación.
También afectan la imaginación.
El mar puede ser el centro de una cosmología para quienes dependen de él y una abstracción distante para una población que vive a cientos de kilómetros de cualquier costa. Una montaña puede funcionar como frontera política, lugar sagrado o simplemente parte cotidiana del paisaje según la historia de quienes viven alrededor de ella.
No existe una experiencia universal del planeta.
Las poblaciones también cambian de lugar
El aislamiento no significa inmovilidad.
Las personas migran.
Comunidades enteras pueden desplazarse por cambios ambientales, conflictos o búsqueda de recursos. Dos poblaciones anteriormente separadas pueden encontrarse, mientras otras que mantuvieron contacto durante siglos pueden perderlo.
Las sociedades pueden dividirse.
Un grupo puede abandonar una comunidad y fundar otra. Después de generaciones, ambas poblaciones pueden desarrollar idiomas, tradiciones e identidades diferentes.
También pueden mezclarse.
Una población puede absorber a otra, intercambiar miembros o construir nuevas sociedades a partir de grupos anteriormente distintos. Por eso un mapa de los pueblos del mundo original nunca sería permanente.
La fragmentación produce nuevas fronteras.
La historia vuelve a moverlas.
Dos pueblos pueden encontrarse sin saber cuánto comparten
Cuando poblaciones separadas durante mucho tiempo vuelven a entrar en contacto, pueden percibirse mutuamente como completamente extranjeras.
Sus lenguas pueden ser incomprensibles.
Sus religiones pueden parecer incompatibles.
Sus maneras de vestir, construir viviendas o organizar familias pueden ser distintas.
Sin embargo, desde una perspectiva histórica más amplia, ambas pueden descender de poblaciones que estuvieron conectadas en un pasado remoto. El parentesco genealógico no garantiza reconocimiento cultural.
Esta situación reproduce, en una escala planetaria, uno de los grandes patrones de la historia homínina: separación, diferenciación y reencuentro. Solo que aquí ocurre después de una civilización tecnológica, no antes de ella.
El planeta contiene diferentes presentes
Una de las consecuencias más extrañas de esta fragmentación es que las poblaciones pueden encontrarse en situaciones sociales muy distintas al mismo tiempo.
En una región puede existir una red de asentamientos relativamente extensa. En otra pueden predominar comunidades pequeñas y dispersas. Una población puede haber desarrollado instituciones políticas capaces de coordinar territorios considerables, mientras otra organiza su vida en grupos mucho menores.
No se trata de etapas universales por las que todas deban pasar en el mismo orden.
Cada historia responde a condiciones diferentes.
Una sociedad puede crecer y después fragmentarse. Otra puede mantener durante muchísimo tiempo una escala reducida porque funciona bien dentro de su ambiente. El planeta no contiene una línea temporal social.
Contiene muchas.
Tampoco existe una conciencia planetaria compartida
Esta es quizá la diferencia más profunda respecto del mundo anterior a la guerra. Hubo una época en la que los habitantes podían reconocerse, pese a sus diferencias, como miembros de una población distribuida sobre el mismo planeta. Podían conocer acontecimientos ocurridos en otros continentes y comprender que sus sociedades formaban parte de sistemas globales.
Esa conciencia dejó de ser universal.
Algunas poblaciones pueden tener ideas amplias sobre la extensión del mundo. Otras conocen territorios mucho más limitados. Entre ambas posibilidades existe una enorme variedad. Una persona puede nacer, vivir y morir sin saber que al otro lado de un océano existen millones de personas con historias completamente distintas.
Desde fuera, todas pertenecen al mundo original.
Desde dentro, pueden no saber que pertenecen unas a otras.
El mismo cielo, universos diferentes
Por la noche, todas las poblaciones observan el mismo universo desde posiciones relativamente cercanas.
Pero no necesariamente ven lo mismo.
Una cultura puede poseer generaciones de observaciones astronómicas y utilizar las estrellas para navegación y calendarios. Otra puede organizar el cielo alrededor de relatos religiosos. Una tercera puede combinar ambas cosas sin percibir contradicción.
Algunas tradiciones pueden conservar historias sobre habitantes más allá del planeta. Otras pueden considerar que los puntos luminosos son objetos naturales sin población alguna. También puede haber sociedades para las que la pregunta simplemente no ocupe un lugar importante.
El cielo físico es compartido.
El universo cultural no.
No existe un relato único de lo ocurrido
Si fuera posible preguntar a todas las poblaciones de dónde vienen, las respuestas probablemente serían muy diferentes.
Algunas señalarían un territorio cercano. Otras narrarían una gran migración. Algunas hablarían de antepasados que sobrevivieron a una destrucción. Otras contarían historias cuyo origen remoto podría relacionarse con acontecimientos de la antigua civilización, aunque ya no fueran reconocibles como historia literal.
La historia exterior podría reconstruir conexiones que las poblaciones interiores desconocen.
Eso no convertiría sus propias historias en irrelevantes.
Una humanidad multiplicada dentro de un solo mundo
Desde esta perspectiva, el mundo original funciona casi como una versión comprimida de un proceso que ocurrió innumerables veces durante la expansión homínina.
Una población se separa.
La distancia reduce el contacto.
El idioma cambia.
Las costumbres se transforman.
Aparecen nuevas identidades.
El recuerdo del origen se modifica.
Después de suficiente tiempo, los descendientes construyen una sociedad que ya no puede explicarse únicamente mediante el lugar del que procedieron sus antepasados. La diferencia es que aquí las distancias no se miden en años luz.
A veces basta un océano. Una cordillera. Un desierto. O una cadena suficientemente larga de generaciones sin contacto.
Muchos mundos dentro del primero
Por eso resulta engañoso imaginar el planeta original como el hogar de una única civilización aislada. No hay una sola civilización. Hay numerosas historias humanas desarrollándose simultáneamente sobre la misma superficie.
Algunas se cruzan.
Otras apenas se conocen.
Algunas conservan relatos sobre pueblos distantes y tierras que nunca han visto. Otras mantienen recuerdos deformados de una época en la que los homininos vivían más allá del planeta, mientras ciertas poblaciones no poseen ninguna noción reconocible de ese pasado.
Cada una define su mundo desde aquello que puede conocer.
Para un observador exterior, todas aparecen sobre el mismo mapa. Sus territorios pueden localizarse con precisión y las distancias entre ellos pueden parecer pequeñas dentro de la escala de una civilización capaz de atravesar sistemas estelares. Para quienes viven abajo, esas distancias significan otra cosa.
Un océano puede separar historias.
Una montaña puede separar lenguas.
Un desierto puede separar cosmologías.
Dos pueblos pueden mirar las mismas estrellas durante miles de años sin saber que el otro existe. La ironía es difícil de ignorar. El planeta donde comenzó la expansión homínina, el primer lugar desde el cual una población aprendió finalmente a pensar en términos planetarios y después a mirar hacia otros mundos, contiene ahora sociedades para las que el horizonte vuelve a ser una frontera real.
Desde fuera existe un mundo original.
Desde dentro existen muchos mundos.