PROTOCÍBORGSARCHIVO DE EXPEDICIÓN · 2026
La salida de la Tierra · Ciclo de los contrabandistas

La salida
de la Tierra.

La nave de Orven transporta mercancía terrestre. En sus escalas, la tripulación conoce contactos, proveedores y colaboradores que siguen en la Tierra. Con Terranautta aparece la posibilidad de hablar sobre salir del planeta; todavía no hay procedimiento ni viaje.

10 capítulos · lectura completaFicción especulativa · tecnología e IA en la historia
La serie

Una ruta comercial. Una pregunta todavía abierta.

La Tierra continúa cerrada por norma. Orven y su tripulación mueven mercancías y coordinan entregas con contactos terrestres, sin llevar pasajeros humanos a bordo. Malla organiza rutas, traducciones, permisos, contratos y simulaciones; no sustituye las decisiones de quienes participan. La terminal de transporte sigue en investigación, sin uso humano validado. Terranautta quiere conocer las condiciones de una posible salida, pero aún no ha decidido nada y no ha ocurrido ningún traslado.

Malla / IA de operacionesInterfaces activas · datos y permisos visibles

Malla organiza manifiestos, rutas, traducción, perfiles autorizados, simulaciones y contratos. Presenta fuentes e incertidumbre para que el equipo y sus contactos decidan. No concede consentimiento, no selecciona quién debe salir y no inicia procedimientos.

Carga · verificadaRuta · recalculadaEquipo · aisladoViaje humano · no realizado
Índice de lectura

Diez capítulos

01 → 10
CAPÍTULO
01

Carga de origen

Una avería obliga a la tripulación a reorganizar la carga y revisar sus sistemas de conservación.
En escena · Orven · Sira · Daro · Boren · Ossa · Malla

El primer grillo empezó a cantar dentro de una caja que, según el manifiesto, contenía tornillos.

La IA de a bordo, Malla, desplegó el manifiesto sobre la mesa de carga. La etiqueta óptica confirmaba «tornillos»; el micrófono direccional, en cambio, había marcado una señal biológica.

—Malla, cruza audio, temperatura y etiqueta —dijo Boren.

—Probabilidad de error en el manifiesto: noventa y dos por ciento. Probabilidad de que los tornillos canten: inferior al margen medible.

—Entonces no me cobres la consulta —dijo Boren.

Boren dejó de sumar.

Esperó a que el ruido se repitiera. Después apoyó una de sus grandes manos sobre la tapa y sintió el calor.

—Sira.

La interfaz de conservación seguía en verde. Malla mostraba una curva estable, calculada a partir de los sensores de la pared.

—Malla, diagnóstico local, no resumen.

La curva se abrió en capas. El sensor del centro de la caja llevaba diecisiete minutos sin transmitir.

Boren golpeó la pantalla con un dedo. También había hecho eso la última vez y había funcionado, lo cual le parecía un antecedente favorable.

El grillo volvió a cantar.

—Sira, ahora.

Ella apareció descalza, con una manga puesta y la otra colgando de la cintura. Apartó su mano de la tapa, miró la pantalla y arrancó el sello.

Salió olor a hojas calientes.

Los animales estaban amontonados alrededor de las entradas de aire. Algunos movían las antenas. Otros habían caído entre las divisiones del recipiente. Uno trepaba sobre los cuerpos quietos buscando un lugar desde el cual saltar.

Sira cerró la caja antes de que lo consiguiera.

—¿Cuántos?

—Cuarenta y ocho —dijo Boren.

—¿Cuántos se movían cuando la cerraste?

Boren miró el verde impecable de la pantalla.

—No la abrí.

Sira ya estaba de rodillas frente al siguiente contenedor. Este guardaba plantas pequeñas, cada una con su porción de tierra. Las hojas se habían pegado a las paredes. En el tercero, las fresas empezaban a perder su forma.

Tres cajas. Todo el circuito de conservación de ese lado.

Boren proyectó el inventario sobre la pared y pidió a Malla recipientes disponibles, capacidad, esterilización y consumo de energía. La lista encontró una solución en el camarote de Boren.

—No me leas los precios —dijo Sira.

—Estoy buscando recipientes.

Ella levantó la vista.

—Ah. Bien.

Daro llegó mordiendo algo envuelto en papel. Vio las cajas abiertas, dejó de masticar y escondió la mano detrás de la espalda.

—¿Qué estás comiendo? —preguntó Boren.

—Mío.

—Eso no responde.

—Lo pagué yo.

Sira extendió una mano hacia él.

—Dame el recipiente.

Daro miró su desayuno. Era la última porción de un queso terrestre que llevaba racionando desde hacía cuatro escalas. Lo sacó de la pequeña caja de conservación, lo envolvió mejor y se lo guardó en el bolsillo.

—Límpiala antes —dijo.

Sira olió el interior.

—Por ellos, espero.

Mientras ella preparaba el recipiente, Daro fue a buscar otro. Boren se quedó sujetando la tapa de los grillos. Tenía los dedos demasiado anchos para recogerlos sin hacer daño, así que les ofrecía una tira de embalaje y esperaba a que subieran.

El primero tardó mucho.

—Vamos —murmuró—. Tenemos una cita.

El animal avanzó hasta la mitad, se detuvo y empezó a limpiarse una antena.

Boren acercó la tira al recipiente de Sira y esperó.

Orven entró cuando llevaban seis.

No preguntó qué había pasado. Se agachó junto a la caja y tocó el fondo por fuera. Después miró las plantas, las fresas y el puño de Sira, que temblaba ligeramente por llevar demasiado tiempo inmóvil.

Le sostuvo la muñeca.

—¿Cuánto podemos salvar?

—Lo que podamos sacar de aquí antes de que se caliente también el resto. Necesito espacio con control ambiental.

—La enfermería.

—Ya tengo cosas vivas en la enfermería.

Orven miró a Boren.

—Ni se te ocurra —dijo este.

El capitán siguió mirándolo.

El camarote de Boren era el único, además de la enfermería, que tenía un regulador ambiental independiente. Lo había comprado con su parte de tres viajes. Hasta entonces, su uso más celebrado había sido impedir que entraran olores de la cocina.

—Las plantas pueden ir sobre la mesa —dijo Sira.

—Sobre mi mesa hay cosas.

—Las pondremos en tu cama.

—En mi cama duermo yo.

El grillo que estaba sobre la tira saltó. Boren cerró la mano por reflejo, pero la dejó hueca. Todos se quedaron quietos.

Abrió los dedos poco a poco. El animal estaba entero, aferrado al segundo pulgar.

—Traigan algo para cubrir la mesa —dijo.

Orven se incorporó y llamó al puente.

—Malla, solicita una ventana de muelle prioritaria y calcula cuánto nos queda antes de perder el lote.

Malla abrió el canal con Nema. La respuesta llegó con un chasquido.

—El muelle sigue ocupado.

—Diles que la carga se está perdiendo.

—La otra nave está descargando un reactor. Puedo preguntar cuál de las dos cosas prefieren que ocurra dentro.

Orven cortó la comunicación y llamó a la compradora.


Cuando pudieron bajar, Boren llevaba una mancha de tierra en el hombro y un grillo dentro de la ropa.

Lo había sentido entrar mientras movían las plantas. Cada vez que intentaba alcanzarlo, el animal avanzaba hacia un sitio peor. Ahora estaba detrás del cuello, justo fuera del alcance de sus manos.

—Te lo saco —ofreció Daro.

—La última vez que dijiste eso me desmontaste una hebilla.

—Pero salió.

Boren siguió andando.

Ossa los recibió en el acceso de servicio de su sala. Tenía los brazos manchados de un material plateado y una hilera de luces diminutas bajo la piel de la frente. Dos de ellas se apagaron al ver los recipientes de emergencia.

—Habíamos acordado otra presentación.

—La presentación viene en la factura —dijo Orven—. Primero necesitas revisar esto.

Ossa les abrió paso. Malla puso subtítulos discretos junto a cada voz y mantuvo a la vista el registro del lote, sin mezclar los daños con los objetos todavía vendibles.

Boren conocía el lugar de otras entregas, pero siempre tardaba unos momentos en encontrar el suelo. La sala cambiaba de distribución. Esta vez había superficies oscuras suspendidas a distintas alturas y una luz que parecía caer hacia arriba. Cuando Daro cruzó entre dos de ellas, una vibración le recorrió los dientes.

Se tapó la boca.

Ossa tocó un control. La vibración cesó.

—Todavía estoy ajustándolo.

—Se siente en una muela que ya no tengo —dijo Daro.

—Dime cuál antes de irte.

La compradora se inclinó sobre la primera caja. Sira le explicó el fallo. No lo adornó. Señaló los animales recuperados y después el recipiente que llevaba cerrado.

Ossa levantó la tapa de este último.

Durante un momento nadie habló.

—Necesitaba que cantaran desde varios puntos de la sala —dijo ella.

—Nos quedan catorce —respondió Boren.

Sira lo miró.

—Quince.

Algo le rozó el cuello.

Boren apretó los labios.

Ossa volvió a cerrar el recipiente de los muertos con más cuidado del necesario.

—Podemos reducir el espacio —dijo finalmente—. Déjenme ver las plantas.

Las revisó una por una. Separó las que aceptaría, pidió mantener otras en observación y rechazó las fresas. Daro preguntó si al menos podían quedarse con las que todavía estaban firmes. Sira le quitó una de la mano y le dio otra.

Orven y Ossa se apartaron para hacer las cuentas.

Boren los observaba mientras pasaba las plantas a los soportes de la sala. Conocía la postura de Orven cuando una venta iba bien: el peso sobre una pierna, las manos libres, tiempo para mirar alrededor. Ahora tenía ambos pies apoyados y el pulgar inmóvil sobre el borde del comunicador.

Al final, Ossa autorizó el pago de catorce grillos y de las plantas aceptadas. El que viajaba dentro de la ropa de Boren quedó pendiente de revisión. Malla actualizó el manifiesto con cantidades verificadas por Sira y separó el cargo de las piezas perdidas.

El importe apareció en el registro de Boren. Lo comprobó dos veces. Alcanzaba para continuar la ruta. Tendrían que aplazar el reemplazo de dos piezas, y el regulador de conservación acababa de colocarse por delante de ambas.

Orven regresó.

—¿Y nuestras partes? —preguntó Boren en voz baja.

—Las recalculamos a bordo.

—La tuya también.

—Empieza por la mía.

Boren asintió. Guardó el registro antes de que el capitán pudiera ver cuánto le había aliviado escuchar eso.


Quedaba una caja pequeña.

Daro la puso sobre una mesa y retiró las protecciones. Dentro había un animal de madera con la espalda arqueada, patas demasiado cortas y manchas azules. Un ojo era amarillo; el otro, naranja. Tenía los dientes pintados uno por uno.

Ossa lo tomó por el cuerpo.

—Cuidado con la cola —dijo Daro.

Ella cambió la posición de las manos.

Una de las patas había perdido la punta durante el viaje. Boren encontró el fragmento entre las protecciones y lo dejó junto a la figura.

—Se puede reparar —dijo.

—Ya veo.

Ossa acercó el animal a una de las luces suspendidas. Bajo aquel resplandor, las manchas azules parecían hundirse en la madera.

—¿Así son?

—Más grandes —respondió Daro.

—Me refiero a los ojos.

—No.

—¿Y las manchas?

—Tampoco.

Ossa giró la figura. Una pata había quedado un poco más alta que las otras. Al apoyarla, el animal se inclinaba como si estuviera a punto de avanzar.

—Enséñame el registro de compra.

Daro buscó la grabación. La imagen apareció entre ellos: una mesa al aire libre, varias figuras a medio pintar, una bolsa que el viento levantaba por una esquina. Detrás se oían vehículos y dos personas discutiendo un precio.

Una mujer sostenía el animal por la cola. Tenía pintura azul en la base del pulgar.

«Este no lo agarres todavía», decía.

La imagen se movía. Daro había intentado tomar la figura.

«Que no está seco».

Desde el fondo, alguien soltaba una carcajada.

Ossa miró la mano de Daro. Él se había frotado sin darse cuenta una mancha que ya no estaba.

—Aprendí —dijo.

La grabación continuó. La mujer dejó la figura sobre la mesa, eligió un pincel y añadió una línea junto al ojo naranja. Luego la sostuvo a la distancia de un brazo. Dudó un momento y volvió a tocarla con el pincel.

Ossa detuvo la imagen.

—¿Cómo se llama?

—Jaguar.

—Ella.

Daro miró a Orven. Después volvió a mirar la grabación.

—No le pregunté.

En algún lugar detrás de ellos, uno de los grillos empezó a cantar. Otro contestó desde su nuevo recipiente. Las notas quedaban flotando entre las superficies de la sala; al moverse, Boren las oía llegar de lugares distintos.

Ossa hizo avanzar la grabación hasta la mujer pintando. La repitió.

—Me gustaría que viera esto —dijo, abarcando la sala con una mano.

Daro miró las luces, el suelo difícil de encontrar y el jaguar apoyado sobre sus tres patas enteras.

—Se llevaría un buen susto.

—Probablemente. Después me gustaría trabajar con ella.

Orven se acercó a la mesa.

—Podemos conseguirte más piezas.

—Ya les he comprado piezas. Quiero proponerle que hagamos algo juntas.

La compradora giró la figura para que recibiera la luz desde otro ángulo. La sombra de la cola cayó sobre una superficie suspendida, enorme y curva.

—Podría ser aquí. Tendría un taller, materiales, alojamiento. Puedo pagarle por su tiempo.

Orven no respondió enseguida.

En el registro de Daro, la mujer había vuelto a sus pinceles. Alguien fuera de imagen le estaba preguntando por la comida.

—Tiene una vida allá —dijo el capitán—. Y no sabe que existe este lugar.

—Por eso se lo estoy pidiendo a ustedes.

Boren sintió que el grillo se movía otra vez. Esta vez lo dejó.

—Primero habría que encontrarla —dijo Daro.

—Y hablar con ella —añadió Orven.

Ossa asintió.

—Díganme cuánto cuesta averiguarlo.


De regreso en la nave, Sira le sacó el grillo del cuello a Boren con ayuda de una hoja.

El animal había perdido una pata. Ella lo revisó bajo la luz y lo dejó en un recipiente ventilado.

—Puede vivir así.

—Eso espero. Me ha estado excavando desde el muelle.

Orven pasó junto a ellos con el nuevo encargo abierto en el comunicador.

—¿Quedó algo sin entregar?

Boren miró el recipiente.

—Uno.

El capitán se detuvo.

—¿Está incluido en el pago?

—No.

Orven miró a Sira. Ella se ocupó de una etiqueta que no necesitaba ninguna atención.

—Descuéntalo de mi parte —dijo Boren.

El capitán abrió la boca, la cerró y siguió caminando.

Cuando Boren llegó a su camarote, todavía había tierra sobre la mesa. Sus cosas seguían en la cama, ordenadas por alguien que no entendía su sistema de orden. Apartó lo necesario para sentarse y dejó el recipiente cerca del regulador.

Malla ya había conciliado el pago, actualizado las pérdidas y proyectado tres versiones del presupuesto. Boren eligió la más prudente, comprobó cada partida y abrió las cuentas del viaje en su interfaz.

El grillo cantó.

Boren esperó a que terminara. Escribió una cifra, la borró y volvió a empezar.

El grillo cantó otra vez.

—Por lo que me costaste —le dijo—, ya podrías saber otra.

Movió el recipiente un poco, para que no le diera el aire directamente, y siguió sumando.

CAPÍTULO
02

La nave de Varek

Una negociación entre capitanes deja una oferta comercial en revisión.
En escena · Orven · Daro · Elda · Varek

Varek había puesto el regulador de conservación junto a una cesta de pan caliente.

Malla desplegó a la vista de Orven el número de serie, el historial de reparaciones y el coste de sustituirlo en ese puerto. La cifra de espera aparecía en rojo.

Orven miró primero la pieza. Daro, la cesta.

—Siéntense —dijo Varek—. Lo malo de negociar con hambre es que uno acepta cualquier cosa.

Elda eligió una silla desde la que podía ver las dos puertas. Apartó el plato para desplegar el informe del regulador y Daro aprovechó para acercárselo.

—No he dicho que no quiera —le advirtió ella.

Daro devolvió el plato. Se quedó con un pan.

Orven levantó el regulador.

—Le falta el soporte.

—El tuyo todavía sirve —dijo Varek.

—También dijiste eso del acoplamiento.

Varek sonrió.

—Y sirvió.

—Daro tuvo que sujetarlo durante el despegue.

—Por eso ahora compruebo todo sentado —dijo Daro, con la boca llena.

Un hombre salió de la cocina con otra bandeja. Llevaba el pelo recogido, una quemadura vieja en el antebrazo y una cuchara detrás de la oreja.

Se detuvo al ver a Daro.

—Tú.

Daro bajó el pan.

—Yo qué.

—El del queso.

Elda cerró los ojos un instante.

—¿En todos los puertos?

El hombre dejó la bandeja y abrazó a Daro por los hombros. Daro tardó un momento en reconocerlo sin el bigote.

—el cocinero.

—Ya era hora.

—¿Qué haces aquí?

—Hoy, pan. Ayer intenté lo mismo y salió algo para sujetar puertas.

Varek tomó una pieza de la bandeja nueva.

—Está ajustando las recetas.

—Está ajustando la cocina —corrigió el cocinero—. Si vuelve a cambiarme la presión, me va a encontrar ajustándole la cara.

Varek alzó el pan en señal de rendición.

el cocinero sirvió una bebida oscura y volvió a la cocina. Elda lo siguió con la mirada. Se movía por la nave con la confianza de alguien que conocía cada cajón.

—Lo conocí en la Tierra —dijo Daro—. Tenía un local pequeño.

—Lo vendí —respondió el cocinero desde la cocina—. Ahora tengo uno más pequeño que se mueve.

Varek esperó a que se apagara la risa de Daro y giró el regulador sobre la mesa.

—Pueden llevárselo hoy. Les propongo descontarlo de un trabajo.

Orven dejó el pan sin tocar.

—Te escucho.

Varek abrió una propuesta comercial en la pantalla. Su clientela quería presentar una exhibición deportiva entre especies. Buscaba personas adultas que ya estuvieran fuera de la Tierra y tuvieran experiencia competitiva. No era un encargo para sacar a nadie del planeta.

—¿Tienes perfiles autorizados? —preguntó Elda.

—Dos personas aceptaron recibir información. Ninguna ha firmado.

Malla comparó las cláusulas con la plantilla de transporte y señaló que faltaban detalles sobre lesiones, cancelación y pagos. Elda pidió los anexos. Varek los envió a la carpeta de revisión.

—¿Quién habla con las personas? —preguntó Orven.

—Ellas pueden revisar el contrato y comunicarse directamente con el organizador.

—Sin intermediario —dijo Elda.

—Si eso prefieren.

La comisión cubriría el regulador, el desvío y una parte de la reparación. Boren se conectó desde el puente y abrió el comparador de costes.

—La cifra cuadra si el trabajo se confirma —dijo—. Si no, la pieza se queda en la lista de gastos.

Malla envió la oferta a las dos personas con permiso de contacto. Una pidió más información; la otra decidió no continuar. El sistema cerró el acceso al perfil de quien rechazó y dejó visible la opción de cancelar.

—No hay transporte confirmado —dijo Malla.

—Entonces no lo cuentes como ingreso —respondió Boren.

Varek aceptó. La negociación siguió, pero el regulador quedó en consignación hasta que el cliente confirmara el contrato. Orven no cambió el dinero de manos.

el cocinero volvió con una jarra de agua y la dejó junto a Daro.

—¿Sigues guardando el queso?

Daro sacó del bolsillo una envoltura limpia, vacía.

—Se terminó.

—Eso sí es una noticia.

—¿Vas a volver a la Tierra? —preguntó Daro.

el cocinero se encogió de hombros.

—No lo sé. Por ahora trabajo aquí. La pregunta puede esperar.

Orven miró el tablero. La propuesta de Varek seguía en revisión, sin pasajeros asignados y sin fecha de salida.

—Cuando tengas los anexos completos, los volvemos a mirar —dijo.

—Y cuando el cliente acepte las condiciones —añadió Elda.

Varek asintió. La operación terminaba en una posible colaboración comercial; nadie subió a la nave de Orven ni cambió de planeta.

Al despedirse, el cocinero puso dos panes en una bolsa.

—Para el camino.

Daro la recibió.

—¿Los anotamos como provisiones?

—Anótalos como deuda —dijo el cocinero.

—Eso sí lo sabe hacer Boren.

De vuelta a bordo, Malla registró la oferta como «en evaluación». El regulador siguió en consignación. La nave conservó su dinero y su ruta.

CAPÍTULO
03

Planeta cerrado

Una alerta obliga a cambiar la recogida de mercancía y proteger a los contactos terrestres.
En escena · Nema · Boren · Daro · Ruun · Malla

La interfaz de navegación de Malla abrió el primer aviso. No decía «Deténganse». Decía: Coincidencia probable: treinta y ocho por ciento.

La IA proyectó la Tierra y el corredor de salida en capas transparentes. Cada señal nueva actualizaba el cálculo y mostraba su margen de incertidumbre.

Boren leyó la pantalla dos veces.

—Han mejorado.

Nema, al mando de la nave, no apartó los ojos de la trayectoria.

—Malla, compara espera, salida y cambio de corredor.

Tres rutas aparecieron en el panel, con coste, tiempo y probabilidad de una segunda detección. Nema las recorrió con dos dedos y descartó la más rápida.

—La última vez nos confundieron con tres cubos de hielo.

—Éramos dos cubos —dijo Boren—. El tercero era el módulo de carga.

La Tierra ocupaba una ventana pequeña. Azul, con nubes sobre los continentes. El aviso seguía parpadeando en la consola.

—¿Quién nos vio? —preguntó Orven.

—Una estación de seguimiento. Marcó una desviación en el corredor de salida.

—¿Envió algo?

Malla cruzó la solicitud con el registro de estaciones.

—Una petición de verificación para el siguiente turno.

Boren se volvió hacia ella.

—¿Cuánto falta?

—Once horas.

—Entonces, ¿nos vio o no?

—Nos vio lo suficiente para llenar un formulario.

La prohibición de salir de la Tierra era absoluta. Su aplicación, irregular. La estación tenía poco personal y un sistema que compartía alertas entre turnos.

—Si salimos por el mismo corredor, tendrán dos puntos —dijo Nema—. La coincidencia sube.

Boren abrió el tablero de carga. La mercancía que recogerían en la Tierra estaba comprometida con dos clientes y les permitiría recuperar parte de la inversión en el regulador.

—Malla, costo de esperar y costo de salir con la lectura pendiente.

Dos escenarios aparecieron en la consola. Boren revisó los supuestos, ajustó el precio del transporte local y presentó su recomendación.

—¿Cuánto vale la espera? —preguntó Orven.

—Menos que una inspección.

—¿Y cuánto vale una inspección?

Boren bajó la vista hacia las cuentas.

—Depende de cuánto les guste nuestra mercancía.

Nema mantuvo la nave en órbita de espera. En la ventana, la Tierra giró despacio.


Daro y Ruun bajaron al punto de entrega con dos mochilas vacías. No llevaban a nadie ni esperaban recoger pasajeros: el plan era recibir productos y confirmar horarios con un contacto terrestre.

un contacto comercial esperaba junto a varias cajas cerradas. Daro había comprado a través de su red en otras ocasiones. El contacto entendía que Daro trabajaba para un distribuidor de alimentos especializados.

—Traje lo que pediste —dijo—. Chile seco, cacao y dos lotes de semillas. También agregué hojas de aguacate.

Daro revisó las etiquetas.

—No pedí hojas de aguacate.

—Me dijiste que querías cosas que no encontraras en cualquier lado.

—Eso no significa que quiera todas las cosas que no encuentro en cualquier lado.

Ruun levantó una caja.

—Está pesada.

—La tierra va incluida —dijo el proveedor.

—No estaba incluida en el peso.

—Sí estaba.

La pulsera de Daro vibró. Malla mostró un mensaje de Nema y el estado del lote en amarillo: Nueva lectura en la estación. Revisión en curso. No muevan la carga todavía.

—¿Problemas? —preguntó el proveedor.

—Un retraso.

—Eso no es un problema. Los problemas vienen sin avisar.

Malla actualizó el pronóstico a nueve horas para la nueva lectura. Daro sintió el calor que empezaba a acumularse bajo el plástico de una caja.

—¿Tienes dónde conservar esto unas horas?

—En el patio no. El camión de la tienda va a pasar pronto.

el proveedor los dejó guardar la mercancía en el galpón, con la condición de no mover los pedidos de la mañana. Malla actualizó el horario de entrega y el registro de temperatura.

—¿Puedo saber a qué almacén va? —preguntó el proveedor.

Daro le mostró la dirección del centro local de distribución.

—Lo recoge otro proveedor.

el proveedor miró el recibo.

—Mientras el pedido llegue a tiempo, está bien.

En órbita, el nuevo aviso apareció en el panel de Nema. La estación solicitaba una segunda lectura antes de acercarse. Malla puso un temporizador junto al margen de combustible.

—¿Cuándo? —preguntó Orven.

—En nueve horas.

Boren comparó el costo de esperar con el de arriesgarse a una inspección. Si la carga no llegaba en el horario habitual, el contacto tendría que contratar un transporte local y reorganizar sus entregas.

—Pagamos el transporte local —dijo Orven—. No vamos a comprometer a nuestro contacto por una recogida.

Daro recibió la instrucción mientras estaba con el proveedor. La mercancía se quedaría en el almacén y viajaría por la ruta comercial ordinaria.

—Pensé que tu socio se llevaba el pedido —dijo el proveedor.

—Cambió el horario. Lo manda el transporte de aquí.

—¿Lo vas a perder?

—No. Solo tarda más.

el contacto corrigió la factura. Malla registró el pago y ocultó los datos de la nave del comprobante que ella recibiría. Daro confirmó que todo estaba listo antes de despedirse.

De vuelta a bordo, Boren revisó la cuenta.

—Perdimos la ventana y pagamos otro transporte.

—No expusimos el contacto —dijo Orven.

—Eso no cabe en la columna de ganancias.

—Agrégalo a la de decisiones.

Malla añadió una nota al registro: Operación aplazada para proteger la ruta y la privacidad del proveedor.

La estación completó su lectura. No encontró la nave. Nema programó un corredor distinto y Orven autorizó la salida cuando los tres tripulantes estaban a bordo. La Tierra quedó bajo ellos. Nadie había subido a la nave.

La mercancía llegó después, por una ruta local, sin alterar el nombre ni la rutina del contacto.


Una semana más tarde, Malla mostró el recibo de entrega. Boren comparó cantidades, sellos, pagos y temperatura. Todo coincidía.

—La carga llegó —dijo.

—Y el contacto no tuvo que explicar por qué su proveedor cambió de vehículo —añadió Daro.

—¿Cuánto costó?

Boren desplegó el total.

—Más de lo habitual. Menos que una inspección.

Orven aprobó el pago a la red terrestre. Después pidió a Malla que separara las cuentas de carga, rutas y contactos. El sistema creó tres paneles con permisos distintos.

—Los horarios de los proveedores no deben aparecer en el manifiesto de la nave —dijo Daro.

Ruun observó la Tierra en la ventana.

—¿Y si alguien quiere venir a la nave?

—Se pregunta primero —dijo Elda—. Se acuerda un lugar, se explica quién estará presente y se confirma que puede irse cuando quiera.

—¿Y si no quiere?

—Entonces no viene.

Malla agregó esa regla al protocolo de reuniones presenciales. Nema seleccionó el siguiente corredor.

La nave volvió a su ruta comercial. Los contactos terrestres seguían en sus ciudades, con sus trabajos y sus propios horarios. La tripulación aún no tenía un pasajero terrestre; tenía proveedores, llamadas por atender y una conversación pendiente con un hombre que empezaba a hacer preguntas.

CAPÍTULO
04

El encuentro

Daro y Elda conocen a un contacto terrestre y consiguen permiso para enviar una propuesta de trabajo.
En escena · Daro · Elda · contacto terrestre · Ossa

Cuando volvieron a la Tierra, habían pasado tres escalas, una reparación y dos discusiones sobre la factura.

Malla había proyectado el itinerario en la mesa de operaciones y cruzado las entregas con el mercado de una feria local. Daro seguía mirando una fotografía: el análisis visual encontraba tres figuras de madera parecidas, pero no podía confirmar quién había tallado ninguna.

Boren llevaba las cuentas. Nema, la nueva ruta. Daro llevaba una imagen de un perro con una pata más corta que las otras.

—¿Todavía quieres comprar el pájaro? —preguntó Elda.

—Quiero saber quién lo hizo.

—La otra vez dijiste que querías comprarlo.

—La otra vez no sabía quién lo había hecho.

Ossa, una compradora de arte que trabajaba con la tripulación, quería saber si una artista terrestre aceptaría recibir una propuesta. No les había pedido que la convencieran ni que la llevaran a ninguna parte. Solo que averiguaran si estaba dispuesta a conversar.

La tienda que vendía las piezas estaba cerrada. Un cartel decía que la dueña volvería después del almuerzo.

Daro tocó la puerta.

—¿Y si no está? —preguntó Elda.

—Esperamos.

—¿Y si no quiere hablar con nosotros?

—Entonces no hablamos con ella.

Elda lo miró.

—Estás aprendiendo.

—No lo repitas. Boren podría anotarlo como una habilidad nueva.

Al lado de la tienda había un espacio comunitario donde varios artistas preparaban la feria. Una mesa exhibía pájaros de barro; otra, una lámpara hecha con retazos. En el centro, un perro de madera se apoyaba sobre tres patas.

Daro pidió a Malla que comparara la marca del perro únicamente con las imágenes públicas del catálogo. La interfaz mostró coincidencias posibles, sin nombres ni datos de contacto.

—Ese es —dijo Daro.

Un hombre que acomodaba cajas levantó la vista.

—¿Buscan al perro o a la persona que lo hizo?

Daro tardó en contestar.

—A la artista —dijo Elda—. Queremos preguntarle si acepta recibir una propuesta de trabajo.

—¿Ya le preguntaron?

—Todavía no.

El hombre dejó la caja en el suelo.

—Entonces todavía no hay propuesta para ella. Solo una idea de ustedes.

Daro abrió la boca y volvió a cerrarla.

—Alberto —dijo el hombre, ofreciéndoles la mano—. Estoy ayudando a organizar la feria.

Elda se presentó. Daro también. Alberto giró la figura sobre la mesa. En una pata había una línea azul casi oculta bajo la pintura.

—La artista deja una marca en el lado que no se ve cuando termina la pieza. La he visto en el catálogo de la feria.

Daro amplió la fotografía. La marca estaba allí.

—¿Puedes preguntarle si quiere que la contactemos? —preguntó Elda.

—Sí. Pero primero díganme qué quieren ofrecer y quién pagaría.

Daro explicó que una compradora de arte quería conversar sobre un posible encargo. No presentó el viaje como una decisión ni prometió condiciones que aún no tenían por escrito.

Alberto preparó un mensaje breve. Malla dejó bloqueados el envío de datos y el canal de contacto hasta recibir permiso. La respuesta llegó unos minutos después: la artista aceptaba recibir información, pero no quería reunirse ese día.

—Eso es suficiente —dijo Alberto.

—¿No le preguntamos cuándo puede hablar? —dijo Daro.

—Le preguntamos después de que revise la información. No hay prisa.

Malla envió un resumen del encargo y los datos públicos de Ossa. No incluyó una dirección, un horario ni información personal. Alberto revisó el texto antes de que saliera.

—Dice “posible colaboración”, no “residencia en otro planeta” —observó.

—Todavía no sabemos si la artista quiere hablar de eso —dijo Elda.

—Entonces así está bien.

El teléfono de Alberto vibró. La artista había respondido: aceptaría una llamada corta durante la semana. Malla habilitó un canal de trabajo temporal y programó un recordatorio para cerrarlo cuando terminara la conversación.

—Puedo ayudar a traducir las condiciones —dijo Alberto—. No voy a decidir por ella ni a responder en su nombre.

—Eso es exactamente lo que necesitamos —dijo Elda.

Daro miró el pájaro de barro.

—¿Y si no quiere venderlo?

Alberto señaló el letrero de la mesa: «No está a la venta».

—Entonces no se vende.

—La Tierra tiene reglas extrañas.

—Eso lo dices tú —respondió Elda.

La conversación no les dio un pasajero ni una fecha de salida. Les dio un contacto autorizado, una pregunta concreta y un límite que todos podían entender.

Al caer la tarde, la tripulación volvió a la nave. La artista permaneció en la Tierra. Alberto se quedó en la feria. Ossa recibiría una propuesta de conversación, no una promesa de viaje.

CAPÍTULO
05

El encargo

Una artista terrestre acepta revisar un encargo que puede realizar desde su taller.
En escena · contacto terrestre · Ossa · Elda · Daro

Alberto llegó al almacén con una tableta, un termo y tres preguntas anotadas antes de salir.

La primera videollamada con Ossa sería breve. Daro y Elda estaban a bordo de la nave; Alberto, en una sala de reuniones del centro comunitario. La artista terrestre se había conectado desde su taller y había pedido que la conversación se limitara al encargo. No hablarían de viajes.

Malla abrió subtítulos, traducción y un indicador que distinguía las palabras de cada participante. No guardaría la llamada. Alberto comprobó el permiso en la pantalla.

La artista confirmó. Ossa también.

—Quiero hacer objetos pequeños para una exposición —dijo Ossa—. Las piezas que encargue se pagarían por separado. No necesito exclusividad.

Alberto revisó la oferta mientras Elda comprobaba la traducción.

—¿Cuántas piezas? ¿En qué plazo? ¿Quién paga los materiales?

Ossa abrió un documento con el alcance inicial. La cantidad era pequeña y el pago cubría las horas de trabajo y los materiales. La propuesta no incluía ningún viaje, licencia futura ni derecho sobre diseños que no fueran encargados.

La artista hizo preguntas sobre tamaños, herramientas y el uso de las fotografías de las piezas terminadas. Malla mostró dos versiones del documento lado a lado y marcó una frase ambigua sobre reproducción de imágenes.

—Esa frase permitiría usar las fotos en cualquier campaña —dijo Alberto—. ¿Puede limitarse a esta exposición?

—Sí —respondió Ossa—. No necesito más.

La artista pidió que cualquier uso posterior requiriera una nueva autorización y un pago acordado. Ossa aceptó incluirlo.

—¿Y si el encargo no me conviene cuando vea los materiales? —preguntó ella.

—Puedes detenerte antes de aceptar —dijo Alberto—. El documento debe dejarlo claro.

Malla revisó el borrador y mostró la cláusula de cancelación. La artista pidió que el trabajo ya entregado se pagara aunque cancelara el resto. Ossa aceptó.

Daro observaba desde el monitor de la nave. Había imaginado que la llamada terminaría con una respuesta definitiva. En vez de eso, veía cómo cada quien corregía la oferta y cómo Malla mantenía un registro de los cambios.

—¿Cuándo tendría que empezar? —preguntó la artista.

Ossa propuso una fecha amplia. La artista dijo que revisaría su calendario y respondería después.

—No hace falta decidir hoy —dijo Alberto—. Te enviaremos la versión corregida para que la leas con calma.

La llamada terminó sin firma. Malla cerró el canal temporal y eliminó la transcripción, que nunca se había guardado. Conservó únicamente el resumen comercial autorizado y la lista de cambios.

—¿Aceptó? —preguntó Boren cuando Daro regresó al tablero.

—Aceptó revisar una oferta.

—¿Es una venta?

—Todavía no.

Boren ajustó la proyección para no contar el ingreso como confirmado. Orven aprobó continuar con la compra de la máquina solo cuando existiera un anticipo real. La oportunidad seguía abierta, pero nadie la convirtió en dinero antes de tiempo.

Dos días después, la artista respondió desde su cuenta de trabajo. Aceptaba el encargo de prueba con el pago y los límites acordados. No autorizaba compartir su perfil con otros clientes ni quería hablar de traslados.

Malla registró el alcance del permiso: un encargo, una compradora, sin difusión adicional.

Alberto revisó el comprobante. Ossa envió el anticipo a la cuenta indicada por la artista, no a la nave.

—Ahora sí tenemos un contrato —dijo Boren.

—Tenemos un encargo terrestre —corrigió Elda—. Nada más.

Daro asintió. La artista seguía en su taller; la tripulación, en la nave. El primer trabajo podía realizarse sin que nadie cambiara de planeta.

CAPÍTULO
06

La inversión

Un anticipo permite adquirir equipo para investigación, sin abrir todavía una ruta de pasajeros.
En escena · Orven · Boren · Kes · Sira · Malla

Boren abrió tres escenarios en el tablero de Malla y los puso frente a Orven.

El primero compraba una terminal de transporte en cuanto llegara el anticipo del encargo terrestre. El segundo esperaba a que Ossa pagara el resto. El tercero dejaba el equipo en lista de observación y destinaba el dinero a reparar el regulador de la nave.

—El anticipo ya llegó —dijo Boren—. No significa que el resto esté garantizado.

Orven revisó el contrato. La artista había aceptado un encargo pequeño, que podía hacer desde su taller en la Tierra. No había acordado una residencia ni un viaje. El pago era suficiente para cubrir la parte inicial del equipo, pero no las pruebas, la instalación y el mantenimiento.

—¿Qué necesitamos para que la compra tenga sentido? —preguntó Orven.

Malla presentó los costos y el margen de error. Kes explicó qué partes podían probarse en la nave y cuáles requerían revisión clínica. Sira añadió que ninguna interfaz debía presentar una simulación técnica como autorización de una persona.

—El equipo no se usa con nadie hasta que sepamos cómo funciona —dijo Kes.

—Y aunque funcione, no crea consentimiento —añadió Sira.

Boren abrió el escenario con más datos.

—Si aceptamos encargos terrestres a distancia, el equipo no se paga solo. Necesitamos más clientes, y nadie ha dicho que quiera salir.

Daro miró a Alberto en la pantalla de la reunión. Alberto participaba desde un centro comunitario en la Tierra; no estaba en la nave.

—Aún no hemos hablado con nadie de eso —dijo Alberto.

—¿No te interesa? —preguntó Orven.

—No he dicho eso. Dije que no hemos hablado.

—¿Qué tendría que saber alguien para decidirlo? —preguntó él.

Elda abrió un esquema de información: destino, duración, trabajo, condiciones, retorno, riesgos, contacto independiente y mecanismo de cancelación. Kes añadió una advertencia: el funcionamiento de la terminal aún no estaba confirmado.

—Entonces nadie puede ofrecer un viaje todavía —dijo Alberto.

—Correcto —respondió Sira.

—Ni siquiera como promesa —añadió Orven.

Boren mostró el escenario actualizado. Si adquirían la máquina, podrían estudiarla y documentar sus límites sin conectarla a ninguna persona. Si los costos reales superaban la reserva, detenerían el proyecto.

Alberto miró el panel.

—Puedo ayudar a revisar cómo explican la idea. Pero no me pidan que reclute gente ni que diga que esto ya funciona.

—No lo haremos —dijo Orven.

La decisión quedó en la interfaz: comprar el equipo usado, aislarlo en el taller de Kes y financiar la instalación con el anticipo y la reserva de reparaciones. Las proyecciones de viajes se quedaron en cero.

Boren firmó la autorización. Malla guardó el contrato, el origen del dinero y los supuestos de cada escenario.

—¿Y la artista? —preguntó Daro.

—Sigue trabajando en su encargo —dijo Alberto—. No hemos hablado de salir de la Tierra.

La inversión abrió una investigación técnica. No abrió una ruta para pasajeros.

CAPÍTULO
07

Una máquina posible

La tripulación aísla una terminal incompleta y limita las pruebas a materiales sintéticos.
En escena · Kes · Sira · Boren · Orven · Malla

El mercado de equipos usados tenía dos pasillos para cargadores y uno para tecnología de transporte. Las unidades de clonación no estaban allí. Se registraban por separado, con licencias médicas, auditorías y demasiadas cámaras para que Daro pudiera fingir que buscaba otra cosa.

Kes examinó una terminal recuperada de una instalación abandonada. Su carcasa tenía dos marcas de servicio incompatibles y un número de serie parcialmente borrado.

—¿La podemos usar? —preguntó Orven.

—Para probar circuitos, quizá. Para transportar a alguien, no.

Malla cruzó el número visible con catálogos públicos y registros de mantenimiento. Encontró tres modelos parecidos. Ninguno coincidía en todos sus componentes.

—No hay documentación suficiente para certificar su función —informó la IA—. Hay piezas que podrían pertenecer a una terminal de reconstrucción, pero la identificación no es concluyente.

Kes señaló una ranura sellada.

—Primero la abrimos sin energía. Después vemos si se puede restaurar la memoria.

Sira pidió que el taller bloqueara cualquier conexión con material biológico. Malla creó un protocolo de aislamiento y mostró los pasos, responsables y condiciones de interrupción. Orven aprobó la compra solo si el vendedor aceptaba una inspección independiente.

El vendedor quería cerrar ese día. Boren negoció el precio sujeto a la inspección. El contrato quedó en borrador; no se transfirió el anticipo hasta que Malla confirmó que el número de serie y la propiedad coincidían.

Dos días después, Kes abrió la carcasa en la nave. La interfaz de diagnóstico identificó una fuente de energía, un sistema de anclaje y un módulo de reconstrucción. No pudo determinar qué hacía el módulo de anclaje secundario.

—¿Puede copiar a una persona? —preguntó Daro.

—No lo sabemos —dijo Kes—. El equipo podría reconstruir tejido, podría ser otra cosa o podría no funcionar.

Malla mostró los registros recuperados. Había intentos interrumpidos, errores sin contexto y una instrucción de destrucción que Kes no estaba dispuesto a activar.

—Ni siquiera probamos esa secuencia —dijo Sira.

—No la probaré.

Kes aisló el componente y retiró su conexión física. Malla registró la modificación con fotografías, mediciones y una nota visible: función incompleta; riesgo no determinado; pruebas solo con material sintético.

Alberto recibió un resumen técnico por el canal que había autorizado. No incluía datos personales ni una invitación a entrar en la nave. Contestó con una pregunta:

¿Qué tendría que ocurrir para que esto fuera seguro?

Kes abrió una lista de pruebas. Sira añadió criterios clínicos. Elda pidió que cualquier explicación futura distinguiera entre una máquina que reconstruye tejido y una persona que decide viajar.

—Aunque la terminal funcionara, nadie queda obligado a irse —dijo Alberto en una llamada de audio.

—Sí —respondió Sira—. Y nadie tiene que participar en una prueba para que nosotros aprendamos.

Malla agregó esa condición al protocolo. El equipo continuó las pruebas con tejidos sintéticos. Los resultados fueron parciales: la cámara reconstruyó una estructura pequeña, pero el sistema no pudo demostrar continuidad, estabilidad ni seguridad para un organismo completo.

Kes apagó la terminal.

—Por ahora, eso es todo lo que sabemos.

Orven mantuvo la máquina en el taller, sin conectarla a una persona. El informe técnico quedó disponible para revisión; el apartado de viajes permaneció vacío.

CAPÍTULO
08

La otra vida

La tripulación revisa qué sabe y qué ignora sobre la terminal, sin iniciar un procedimiento.
En escena · Kes · Sira · Elda · Malla

La otra vida era una posibilidad en el tablero de Malla. Todavía no era la de nadie.

La tripulación volvió a revisar el manual recuperado de la terminal. Había dos columnas: organismo de origen y organismo reconstruido. Entre ellas aparecían condiciones médicas, riesgos conocidos y advertencias sobre los límites de la información.

—¿La máquina puede crear a otra persona? —preguntó Daro.

—No podemos asegurarlo —dijo Kes—. Las pruebas fueron con tejido sintético. No conocemos los efectos en un organismo completo.

—Entonces no hay procedimiento —dijo Sira.

Malla retiró del panel cualquier botón que pudiera iniciar la secuencia. La interfaz conservó los registros técnicos, los riesgos pendientes y el historial de cambios, pero no mostró nombres, persona interesadas ni casillas para autorizar un viaje.

—¿Y si alguien pregunta por salir de la Tierra? —dijo Elda.

—Primero le explicamos lo que sabemos y lo que no —respondió Sira—. No pedimos una decisión que todavía no se puede tomar.

Alberto se conectó por audio desde la Tierra. Había aceptado escuchar el resumen, pero pidió que no guardaran la llamada.

—¿Qué pasaría con la persona que se queda? —preguntó.

—No tenemos una respuesta —dijo Kes—. Ni siquiera sabemos si el proceso es viable.

—Entonces no quiero que lo presenten como una oferta.

—No lo haremos —dijo Orven.

La llamada terminó. Malla eliminó el audio temporal y mantuvo solo una nota sin identificar al interlocutor: La información actual no permite ofrecer un procedimiento ni un traslado.

Sira pidió que la pantalla principal mostrara esa frase antes que cualquier simulación. Kes añadió un bloqueo físico al circuito de activación. Nema probó que el equipo no pudiera recibir energía desde el puente ni desde la red de la nave.

—Ahora sí —dijo Kes—. Aunque alguien toque todas las opciones, no puede iniciar nada.

Boren revisó el inventario.

—¿Cuánto nos cuesta tener una máquina que no podemos usar?

—El precio de aprender lo que todavía no funciona —dijo Kes.

—Eso no suele aparecer en mis contratos.

—Por eso no lo firmamos como si fuera un servicio.

Malla guardó el estado del equipo: prototipo aislado; pruebas incompletas; uso humano no autorizado.

La Tierra siguió bajo las mismas nubes. Alberto seguía allí. La tripulación seguía en la nave. Entre ambos había una conversación abierta, no un procedimiento.

CAPÍTULO
09

La primera salida

La nave parte con mercancía; ningún humano terrestre ha salido del planeta.
En escena · Nema · Orven · Boren · Kes · Sira

La primera salida de la nave después de comprar la terminal fue una salida de carga.

Nema revisó los vectores en la interfaz de navegación. Malla cruzó los pronósticos de la estación terrestre con el peso y el horario de las mercancías. La IA recomendó una trayectoria indirecta y mostró el costo adicional junto a la probabilidad de detección.

—La ruta rápida cabe en combustible —dijo Nema—. La segura también.

—Entonces tomamos la segura —dijo Orven.

La carga incluía semillas, piezas agrícolas y materiales para el taller de Ossa. Ningún pasajero terrestre viajaba a bordo. Los contactos que habían ayudado a coordinar la entrega seguían en la Tierra, con sus rutinas y sus canales privados.

En la sala de carga, Malla comparó los sellos con el manifiesto. Boren revisó las cuentas desde otra interfaz y marcó una diferencia entre el peso declarado y el real.

—Faltan dos kilos.

—Son las cajas del material de embalaje —dijo Daro.

—¿También van a otro planeta?

—Si no las mandamos, Ossa no podrá abrir los paquetes sin romperlos.

Boren corrigió el registro. Ruun aseguró las cajas. Sira verificó que la carga viva tuviera ventilación suficiente. La terminal de transporte permaneció apagada en el taller de Kes, detrás de un bloqueo físico y una etiqueta roja de uso restringido.

Malla mostró tres rutas. Nema eligió la que evitaba la zona de vigilancia y daba tiempo a la estación para procesar una señal vieja.

—¿Siempre hay que hacerle caso a la IA? —preguntó Daro.

—Hay que entender qué calculó —dijo Nema—. Malla propone; yo respondo.

—Y si la piloto ignora todo, Malla lo registra —añadió Boren.

—Para las cuentas —dijo Nema.

—Para las cuentas y el informe del seguro.

La nave se separó de la órbita terrestre con la mercancía asegurada. No hubo pasajeros nuevos ni despedidas. Malla archivó la ruta, el consumo de combustible y las razones de la decisión.

En el taller, Kes revisó el bloqueo de la terminal antes de salir. La prueba sintética anterior seguía sin demostrar una operación segura.

—¿Y si alguien pregunta cuándo podrá usarla? —preguntó Ruun.

—Le mostramos el informe —dijo Kes—. No una fecha inventada.

El destino de la carga confirmó la recepción unas horas después. Ossa verificó el estado de cada caja desde su propio panel y liberó el pago pendiente. Boren cerró la factura.

En la Tierra, los contactos comerciales recibieron sus comprobantes locales. Ninguno tuvo que cambiar de casa, subir a la nave ni entregar datos que no hubiera autorizado.

La primera salida de este tramo fue la de la nave. La salida de una persona terrestre seguía siendo una conversación sin fecha y una decisión que aún no se había tomado.

CAPÍTULO
10

Una ruta propia

Terranautta conversa sobre la posibilidad de salir; el viaje aún no ocurre.
En escena · Terranautta · Orven · Elda · Malla

Boren tocó el número trece.

—¿Por qué tantos?

—Son coincidencias de habilidades en perfiles públicos —dijo Malla—. No son persona interesadas. No existe consentimiento para contactarlos.

—Bien. Quiero que siga separado.

Alberto apareció en una llamada desde la Tierra. La pantalla mostraba el nombre clave que había elegido para esa conversación: Terranautta. Había aceptado conversar sobre la posibilidad de salir del planeta y pidió que la charla no se confundiera con una decisión.

—Lo que quiero entender es cómo sería —dijo—. Qué tendría que dejar, qué encontraría al otro lado, cuánto duraría y qué opciones tendría si cambio de opinión.

Elda abrió una plantilla de preguntas. Malla completó los campos que la tripulación podía contestar y marcó con otro color los que seguían sin respuesta. La terminal aún no estaba validada. No podían prometer un procedimiento ni una fecha.

—Entonces por ahora no hay viaje —dijo Alberto.

—No —respondió Orven—. Hay información que reunir y una conversación que puede continuar si tú quieres.

—Quiero seguir hablando. No estoy aceptando salir.

Malla registró el estado correcto: conversación informativa; sin consentimiento para procedimiento ni traslado. No creó expediente médico, perfil de viajero ni reserva de ruta.

Los contactos de la tripulación seguían en la Tierra. Sus permisos de contacto y uso de datos estaban separados; ninguno había aceptado salir del planeta.

Ossa pidió ampliar el encargo de arte con nuevas entregas desde el taller terrestre. Boren preparó el presupuesto sin contar viajes ni ingresos hipotéticos.

—La oferta no necesita que nadie se vaya —dijo Alberto—. Si funciona desde aquí, empecemos por ahí.

Varek envió una propuesta de colaboración para compartir información comercial.

—Paga mejor que nosotros —dijo Boren, leyendo el comparador.

—Y pide acceso a datos que no le pertenecen —dijo Elda.

—No vamos a compartirlos —dijo Orven.

Malla cerró la solicitud. Varek recibió una respuesta breve: no se autorizaba el acceso a esos perfiles.

Al final de la semana, la escuela contrató una asesoría remota. Ossa pagó el segundo lote de piezas. Ninguna de las dos operaciones implicó trasladar a una persona. Boren actualizó el balance y separó los ingresos confirmados de las proyecciones.

Alberto pidió ver el resumen de la conversación sobre salir de la Tierra. Malla mostró únicamente las preguntas y las respuestas generales, sin datos personales de otros contactos.

—¿Y la máquina? —preguntó.

Kes apareció desde el taller.

—Sigue aislada. Las pruebas sintéticas no demuestran que pueda usarse de forma segura con una persona.

—¿Qué falta?

Kes enumeró las pruebas pendientes. Malla puso cada una en la interfaz con responsable, método y condición de cierre.

—Cuando lo sepamos, me lo cuentan —dijo Alberto—. Después decidiré si quiero seguir hablando.

—Así será —dijo Elda.

La llamada terminó. Malla no programó una fecha de viaje; dejó un recordatorio para enviar el informe técnico cuando estuviera completo.

Nema preparó la siguiente ruta comercial. Boren verificó la carga. Ruun revisó el cierre de la esclusa. Orven autorizó el despegue.

La nave salió de la Tierra con mercancías. Los humanos terrestres siguieron en sus casas, talleres y trabajos. La posibilidad de salir existía como tema de conversación, no como hecho ocurrido. Terranautta quería conocer las condiciones; todavía no había decidido nada.

Malla guardó el estado del ciclo: contactos terrestres activos; trabajo a distancia; terminal no validada; ningún traslado humano realizado.

Fin del primer ciclo

La conversación sigue abierta.

La tripulación conserva su ruta comercial. Los contactos terrestres continúan con sus trabajos y sus vidas. Terranautta ha pedido información sobre la posibilidad de salir de la Tierra; el equipo aún no puede ofrecer un procedimiento seguro y él no ha tomado una decisión. Ningún humano terrestre ha viajado fuera del planeta en este ciclo.