01
Carga de origen
El primer grillo empezó a cantar dentro de una caja que, según el manifiesto, contenía tornillos.
La IA de a bordo, Malla, desplegó el manifiesto sobre la mesa de carga. La etiqueta óptica confirmaba «tornillos»; el micrófono direccional, en cambio, había marcado una señal biológica.
—Malla, cruza audio, temperatura y etiqueta —dijo Boren.
—Probabilidad de error en el manifiesto: noventa y dos por ciento. Probabilidad de que los tornillos canten: inferior al margen medible.
—Entonces no me cobres la consulta —dijo Boren.
Boren dejó de sumar.
Esperó a que el ruido se repitiera. Después apoyó una de sus grandes manos sobre la tapa y sintió el calor.
—Sira.
La interfaz de conservación seguía en verde. Malla mostraba una curva estable, calculada a partir de los sensores de la pared.
—Malla, diagnóstico local, no resumen.
La curva se abrió en capas. El sensor del centro de la caja llevaba diecisiete minutos sin transmitir.
Boren golpeó la pantalla con un dedo. También había hecho eso la última vez y había funcionado, lo cual le parecía un antecedente favorable.
El grillo volvió a cantar.
—Sira, ahora.
Ella apareció descalza, con una manga puesta y la otra colgando de la cintura. Apartó su mano de la tapa, miró la pantalla y arrancó el sello.
Salió olor a hojas calientes.
Los animales estaban amontonados alrededor de las entradas de aire. Algunos movían las antenas. Otros habían caído entre las divisiones del recipiente. Uno trepaba sobre los cuerpos quietos buscando un lugar desde el cual saltar.
Sira cerró la caja antes de que lo consiguiera.
—¿Cuántos?
—Cuarenta y ocho —dijo Boren.
—¿Cuántos se movían cuando la cerraste?
Boren miró el verde impecable de la pantalla.
—No la abrí.
Sira ya estaba de rodillas frente al siguiente contenedor. Este guardaba plantas pequeñas, cada una con su porción de tierra. Las hojas se habían pegado a las paredes. En el tercero, las fresas empezaban a perder su forma.
Tres cajas. Todo el circuito de conservación de ese lado.
Boren proyectó el inventario sobre la pared y pidió a Malla recipientes disponibles, capacidad, esterilización y consumo de energía. La lista encontró una solución en el camarote de Boren.
—No me leas los precios —dijo Sira.
—Estoy buscando recipientes.
Ella levantó la vista.
—Ah. Bien.
Daro llegó mordiendo algo envuelto en papel. Vio las cajas abiertas, dejó de masticar y escondió la mano detrás de la espalda.
—¿Qué estás comiendo? —preguntó Boren.
—Mío.
—Eso no responde.
—Lo pagué yo.
Sira extendió una mano hacia él.
—Dame el recipiente.
Daro miró su desayuno. Era la última porción de un queso terrestre que llevaba racionando desde hacía cuatro escalas. Lo sacó de la pequeña caja de conservación, lo envolvió mejor y se lo guardó en el bolsillo.
—Límpiala antes —dijo.
Sira olió el interior.
—Por ellos, espero.
Mientras ella preparaba el recipiente, Daro fue a buscar otro. Boren se quedó sujetando la tapa de los grillos. Tenía los dedos demasiado anchos para recogerlos sin hacer daño, así que les ofrecía una tira de embalaje y esperaba a que subieran.
El primero tardó mucho.
—Vamos —murmuró—. Tenemos una cita.
El animal avanzó hasta la mitad, se detuvo y empezó a limpiarse una antena.
Boren acercó la tira al recipiente de Sira y esperó.
Orven entró cuando llevaban seis.
No preguntó qué había pasado. Se agachó junto a la caja y tocó el fondo por fuera. Después miró las plantas, las fresas y el puño de Sira, que temblaba ligeramente por llevar demasiado tiempo inmóvil.
Le sostuvo la muñeca.
—¿Cuánto podemos salvar?
—Lo que podamos sacar de aquí antes de que se caliente también el resto. Necesito espacio con control ambiental.
—La enfermería.
—Ya tengo cosas vivas en la enfermería.
Orven miró a Boren.
—Ni se te ocurra —dijo este.
El capitán siguió mirándolo.
El camarote de Boren era el único, además de la enfermería, que tenía un regulador ambiental independiente. Lo había comprado con su parte de tres viajes. Hasta entonces, su uso más celebrado había sido impedir que entraran olores de la cocina.
—Las plantas pueden ir sobre la mesa —dijo Sira.
—Sobre mi mesa hay cosas.
—Las pondremos en tu cama.
—En mi cama duermo yo.
El grillo que estaba sobre la tira saltó. Boren cerró la mano por reflejo, pero la dejó hueca. Todos se quedaron quietos.
Abrió los dedos poco a poco. El animal estaba entero, aferrado al segundo pulgar.
—Traigan algo para cubrir la mesa —dijo.
Orven se incorporó y llamó al puente.
—Malla, solicita una ventana de muelle prioritaria y calcula cuánto nos queda antes de perder el lote.
Malla abrió el canal con Nema. La respuesta llegó con un chasquido.
—El muelle sigue ocupado.
—Diles que la carga se está perdiendo.
—La otra nave está descargando un reactor. Puedo preguntar cuál de las dos cosas prefieren que ocurra dentro.
Orven cortó la comunicación y llamó a la compradora.
Cuando pudieron bajar, Boren llevaba una mancha de tierra en el hombro y un grillo dentro de la ropa.
Lo había sentido entrar mientras movían las plantas. Cada vez que intentaba alcanzarlo, el animal avanzaba hacia un sitio peor. Ahora estaba detrás del cuello, justo fuera del alcance de sus manos.
—Te lo saco —ofreció Daro.
—La última vez que dijiste eso me desmontaste una hebilla.
—Pero salió.
Boren siguió andando.
Ossa los recibió en el acceso de servicio de su sala. Tenía los brazos manchados de un material plateado y una hilera de luces diminutas bajo la piel de la frente. Dos de ellas se apagaron al ver los recipientes de emergencia.
—Habíamos acordado otra presentación.
—La presentación viene en la factura —dijo Orven—. Primero necesitas revisar esto.
Ossa les abrió paso. Malla puso subtítulos discretos junto a cada voz y mantuvo a la vista el registro del lote, sin mezclar los daños con los objetos todavía vendibles.
Boren conocía el lugar de otras entregas, pero siempre tardaba unos momentos en encontrar el suelo. La sala cambiaba de distribución. Esta vez había superficies oscuras suspendidas a distintas alturas y una luz que parecía caer hacia arriba. Cuando Daro cruzó entre dos de ellas, una vibración le recorrió los dientes.
Se tapó la boca.
Ossa tocó un control. La vibración cesó.
—Todavía estoy ajustándolo.
—Se siente en una muela que ya no tengo —dijo Daro.
—Dime cuál antes de irte.
La compradora se inclinó sobre la primera caja. Sira le explicó el fallo. No lo adornó. Señaló los animales recuperados y después el recipiente que llevaba cerrado.
Ossa levantó la tapa de este último.
Durante un momento nadie habló.
—Necesitaba que cantaran desde varios puntos de la sala —dijo ella.
—Nos quedan catorce —respondió Boren.
Sira lo miró.
—Quince.
Algo le rozó el cuello.
Boren apretó los labios.
Ossa volvió a cerrar el recipiente de los muertos con más cuidado del necesario.
—Podemos reducir el espacio —dijo finalmente—. Déjenme ver las plantas.
Las revisó una por una. Separó las que aceptaría, pidió mantener otras en observación y rechazó las fresas. Daro preguntó si al menos podían quedarse con las que todavía estaban firmes. Sira le quitó una de la mano y le dio otra.
Orven y Ossa se apartaron para hacer las cuentas.
Boren los observaba mientras pasaba las plantas a los soportes de la sala. Conocía la postura de Orven cuando una venta iba bien: el peso sobre una pierna, las manos libres, tiempo para mirar alrededor. Ahora tenía ambos pies apoyados y el pulgar inmóvil sobre el borde del comunicador.
Al final, Ossa autorizó el pago de catorce grillos y de las plantas aceptadas. El que viajaba dentro de la ropa de Boren quedó pendiente de revisión. Malla actualizó el manifiesto con cantidades verificadas por Sira y separó el cargo de las piezas perdidas.
El importe apareció en el registro de Boren. Lo comprobó dos veces. Alcanzaba para continuar la ruta. Tendrían que aplazar el reemplazo de dos piezas, y el regulador de conservación acababa de colocarse por delante de ambas.
Orven regresó.
—¿Y nuestras partes? —preguntó Boren en voz baja.
—Las recalculamos a bordo.
—La tuya también.
—Empieza por la mía.
Boren asintió. Guardó el registro antes de que el capitán pudiera ver cuánto le había aliviado escuchar eso.
Quedaba una caja pequeña.
Daro la puso sobre una mesa y retiró las protecciones. Dentro había un animal de madera con la espalda arqueada, patas demasiado cortas y manchas azules. Un ojo era amarillo; el otro, naranja. Tenía los dientes pintados uno por uno.
Ossa lo tomó por el cuerpo.
—Cuidado con la cola —dijo Daro.
Ella cambió la posición de las manos.
Una de las patas había perdido la punta durante el viaje. Boren encontró el fragmento entre las protecciones y lo dejó junto a la figura.
—Se puede reparar —dijo.
—Ya veo.
Ossa acercó el animal a una de las luces suspendidas. Bajo aquel resplandor, las manchas azules parecían hundirse en la madera.
—¿Así son?
—Más grandes —respondió Daro.
—Me refiero a los ojos.
—No.
—¿Y las manchas?
—Tampoco.
Ossa giró la figura. Una pata había quedado un poco más alta que las otras. Al apoyarla, el animal se inclinaba como si estuviera a punto de avanzar.
—Enséñame el registro de compra.
Daro buscó la grabación. La imagen apareció entre ellos: una mesa al aire libre, varias figuras a medio pintar, una bolsa que el viento levantaba por una esquina. Detrás se oían vehículos y dos personas discutiendo un precio.
Una mujer sostenía el animal por la cola. Tenía pintura azul en la base del pulgar.
«Este no lo agarres todavía», decía.
La imagen se movía. Daro había intentado tomar la figura.
«Que no está seco».
Desde el fondo, alguien soltaba una carcajada.
Ossa miró la mano de Daro. Él se había frotado sin darse cuenta una mancha que ya no estaba.
—Aprendí —dijo.
La grabación continuó. La mujer dejó la figura sobre la mesa, eligió un pincel y añadió una línea junto al ojo naranja. Luego la sostuvo a la distancia de un brazo. Dudó un momento y volvió a tocarla con el pincel.
Ossa detuvo la imagen.
—¿Cómo se llama?
—Jaguar.
—Ella.
Daro miró a Orven. Después volvió a mirar la grabación.
—No le pregunté.
En algún lugar detrás de ellos, uno de los grillos empezó a cantar. Otro contestó desde su nuevo recipiente. Las notas quedaban flotando entre las superficies de la sala; al moverse, Boren las oía llegar de lugares distintos.
Ossa hizo avanzar la grabación hasta la mujer pintando. La repitió.
—Me gustaría que viera esto —dijo, abarcando la sala con una mano.
Daro miró las luces, el suelo difícil de encontrar y el jaguar apoyado sobre sus tres patas enteras.
—Se llevaría un buen susto.
—Probablemente. Después me gustaría trabajar con ella.
Orven se acercó a la mesa.
—Podemos conseguirte más piezas.
—Ya les he comprado piezas. Quiero proponerle que hagamos algo juntas.
La compradora giró la figura para que recibiera la luz desde otro ángulo. La sombra de la cola cayó sobre una superficie suspendida, enorme y curva.
—Podría ser aquí. Tendría un taller, materiales, alojamiento. Puedo pagarle por su tiempo.
Orven no respondió enseguida.
En el registro de Daro, la mujer había vuelto a sus pinceles. Alguien fuera de imagen le estaba preguntando por la comida.
—Tiene una vida allá —dijo el capitán—. Y no sabe que existe este lugar.
—Por eso se lo estoy pidiendo a ustedes.
Boren sintió que el grillo se movía otra vez. Esta vez lo dejó.
—Primero habría que encontrarla —dijo Daro.
—Y hablar con ella —añadió Orven.
Ossa asintió.
—Díganme cuánto cuesta averiguarlo.
De regreso en la nave, Sira le sacó el grillo del cuello a Boren con ayuda de una hoja.
El animal había perdido una pata. Ella lo revisó bajo la luz y lo dejó en un recipiente ventilado.
—Puede vivir así.
—Eso espero. Me ha estado excavando desde el muelle.
Orven pasó junto a ellos con el nuevo encargo abierto en el comunicador.
—¿Quedó algo sin entregar?
Boren miró el recipiente.
—Uno.
El capitán se detuvo.
—¿Está incluido en el pago?
—No.
Orven miró a Sira. Ella se ocupó de una etiqueta que no necesitaba ninguna atención.
—Descuéntalo de mi parte —dijo Boren.
El capitán abrió la boca, la cerró y siguió caminando.
Cuando Boren llegó a su camarote, todavía había tierra sobre la mesa. Sus cosas seguían en la cama, ordenadas por alguien que no entendía su sistema de orden. Apartó lo necesario para sentarse y dejó el recipiente cerca del regulador.
Malla ya había conciliado el pago, actualizado las pérdidas y proyectado tres versiones del presupuesto. Boren eligió la más prudente, comprobó cada partida y abrió las cuentas del viaje en su interfaz.
El grillo cantó.
Boren esperó a que terminara. Escribió una cifra, la borró y volvió a empezar.
El grillo cantó otra vez.
—Por lo que me costaste —le dijo—, ya podrías saber otra.
Movió el recipiente un poco, para que no le diera el aire directamente, y siguió sumando.