Varek había puesto el regulador de conservación junto a una cesta de pan caliente.
Malla desplegó a la vista de Orven el número de serie, el historial de reparaciones y el coste de sustituirlo en ese puerto. La cifra de espera aparecía en rojo.
Orven miró primero la pieza. Daro, la cesta.
—Siéntense —dijo Varek—. Lo malo de negociar con hambre es que uno acepta cualquier cosa.
Elda eligió una silla desde la que podía ver las dos puertas. Apartó el plato para desplegar el informe del regulador y Daro aprovechó para acercárselo.
—No he dicho que no quiera —le advirtió ella.
Daro devolvió el plato. Se quedó con un pan.
Orven levantó el regulador.
—Le falta el soporte.
—El tuyo todavía sirve —dijo Varek.
—También dijiste eso del acoplamiento.
Varek sonrió.
—Y sirvió.
—Daro tuvo que sujetarlo durante el despegue.
—Por eso ahora compruebo todo sentado —dijo Daro, con la boca llena.
Un hombre salió de la cocina con otra bandeja. Llevaba el pelo recogido, una quemadura vieja en el antebrazo y una cuchara detrás de la oreja.
Se detuvo al ver a Daro.
—Tú.
Daro bajó el pan.
—Yo qué.
—El del queso.
Elda cerró los ojos un instante.
—¿En todos los puertos?
El hombre dejó la bandeja y abrazó a Daro por los hombros. Daro tardó un momento en reconocerlo sin el bigote.
—el cocinero.
—Ya era hora.
—¿Qué haces aquí?
—Hoy, pan. Ayer intenté lo mismo y salió algo para sujetar puertas.
Varek tomó una pieza de la bandeja nueva.
—Está ajustando las recetas.
—Está ajustando la cocina —corrigió el cocinero—. Si vuelve a cambiarme la presión, me va a encontrar ajustándole la cara.
Varek alzó el pan en señal de rendición.
el cocinero sirvió una bebida oscura y volvió a la cocina. Elda lo siguió con la mirada. Se movía por la nave con la confianza de alguien que conocía cada cajón.
—Lo conocí en la Tierra —dijo Daro—. Tenía un local pequeño.
—Lo vendí —respondió el cocinero desde la cocina—. Ahora tengo uno más pequeño que se mueve.
Varek esperó a que se apagara la risa de Daro y giró el regulador sobre la mesa.
—Pueden llevárselo hoy. Les propongo descontarlo de un trabajo.
Orven dejó el pan sin tocar.
—Te escucho.
Varek abrió una propuesta comercial en la pantalla. Su clientela quería presentar una exhibición deportiva entre especies. Buscaba personas adultas que ya estuvieran fuera de la Tierra y tuvieran experiencia competitiva. No era un encargo para sacar a nadie del planeta.
—¿Tienes perfiles autorizados? —preguntó Elda.
—Dos personas aceptaron recibir información. Ninguna ha firmado.
Malla comparó las cláusulas con la plantilla de transporte y señaló que faltaban detalles sobre lesiones, cancelación y pagos. Elda pidió los anexos. Varek los envió a la carpeta de revisión.
—¿Quién habla con las personas? —preguntó Orven.
—Ellas pueden revisar el contrato y comunicarse directamente con el organizador.
—Sin intermediario —dijo Elda.
—Si eso prefieren.
La comisión cubriría el regulador, el desvío y una parte de la reparación. Boren se conectó desde el puente y abrió el comparador de costes.
—La cifra cuadra si el trabajo se confirma —dijo—. Si no, la pieza se queda en la lista de gastos.
Malla envió la oferta a las dos personas con permiso de contacto. Una pidió más información; la otra decidió no continuar. El sistema cerró el acceso al perfil de quien rechazó y dejó visible la opción de cancelar.
—No hay transporte confirmado —dijo Malla.
—Entonces no lo cuentes como ingreso —respondió Boren.
Varek aceptó. La negociación siguió, pero el regulador quedó en consignación hasta que el cliente confirmara el contrato. Orven no cambió el dinero de manos.
el cocinero volvió con una jarra de agua y la dejó junto a Daro.
—¿Sigues guardando el queso?
Daro sacó del bolsillo una envoltura limpia, vacía.
—Se terminó.
—Eso sí es una noticia.
—¿Vas a volver a la Tierra? —preguntó Daro.
el cocinero se encogió de hombros.
—No lo sé. Por ahora trabajo aquí. La pregunta puede esperar.
Orven miró el tablero. La propuesta de Varek seguía en revisión, sin pasajeros asignados y sin fecha de salida.
—Cuando tengas los anexos completos, los volvemos a mirar —dijo.
—Y cuando el cliente acepte las condiciones —añadió Elda.
Varek asintió. La operación terminaba en una posible colaboración comercial; nadie subió a la nave de Orven ni cambió de planeta.
Al despedirse, el cocinero puso dos panes en una bolsa.
—Para el camino.
Daro la recibió.
—¿Los anotamos como provisiones?
—Anótalos como deuda —dijo el cocinero.
—Eso sí lo sabe hacer Boren.
De vuelta a bordo, Malla registró la oferta como «en evaluación». El regulador siguió en consignación. La nave conservó su dinero y su ruta.