La interfaz de navegación de Malla abrió el primer aviso. No decía «Deténganse». Decía: Coincidencia probable: treinta y ocho por ciento.
La IA proyectó la Tierra y el corredor de salida en capas transparentes. Cada señal nueva actualizaba el cálculo y mostraba su margen de incertidumbre.
Boren leyó la pantalla dos veces.
—Han mejorado.
Nema, al mando de la nave, no apartó los ojos de la trayectoria.
—Malla, compara espera, salida y cambio de corredor.
Tres rutas aparecieron en el panel, con coste, tiempo y probabilidad de una segunda detección. Nema las recorrió con dos dedos y descartó la más rápida.
—La última vez nos confundieron con tres cubos de hielo.
—Éramos dos cubos —dijo Boren—. El tercero era el módulo de carga.
La Tierra ocupaba una ventana pequeña. Azul, con nubes sobre los continentes. El aviso seguía parpadeando en la consola.
—¿Quién nos vio? —preguntó Orven.
—Una estación de seguimiento. Marcó una desviación en el corredor de salida.
—¿Envió algo?
Malla cruzó la solicitud con el registro de estaciones.
—Una petición de verificación para el siguiente turno.
Boren se volvió hacia ella.
—¿Cuánto falta?
—Once horas.
—Entonces, ¿nos vio o no?
—Nos vio lo suficiente para llenar un formulario.
La prohibición de salir de la Tierra era absoluta. Su aplicación, irregular. La estación tenía poco personal y un sistema que compartía alertas entre turnos.
—Si salimos por el mismo corredor, tendrán dos puntos —dijo Nema—. La coincidencia sube.
Boren abrió el tablero de carga. La mercancía que recogerían en la Tierra estaba comprometida con dos clientes y les permitiría recuperar parte de la inversión en el regulador.
—Malla, costo de esperar y costo de salir con la lectura pendiente.
Dos escenarios aparecieron en la consola. Boren revisó los supuestos, ajustó el precio del transporte local y presentó su recomendación.
—¿Cuánto vale la espera? —preguntó Orven.
—Menos que una inspección.
—¿Y cuánto vale una inspección?
Boren bajó la vista hacia las cuentas.
—Depende de cuánto les guste nuestra mercancía.
Nema mantuvo la nave en órbita de espera. En la ventana, la Tierra giró despacio.
Daro y Ruun bajaron al punto de entrega con dos mochilas vacías. No llevaban a nadie ni esperaban recoger pasajeros: el plan era recibir productos y confirmar horarios con un contacto terrestre.
un contacto comercial esperaba junto a varias cajas cerradas. Daro había comprado a través de su red en otras ocasiones. El contacto entendía que Daro trabajaba para un distribuidor de alimentos especializados.
—Traje lo que pediste —dijo—. Chile seco, cacao y dos lotes de semillas. También agregué hojas de aguacate.
Daro revisó las etiquetas.
—No pedí hojas de aguacate.
—Me dijiste que querías cosas que no encontraras en cualquier lado.
—Eso no significa que quiera todas las cosas que no encuentro en cualquier lado.
Ruun levantó una caja.
—Está pesada.
—La tierra va incluida —dijo el proveedor.
—No estaba incluida en el peso.
—Sí estaba.
La pulsera de Daro vibró. Malla mostró un mensaje de Nema y el estado del lote en amarillo: Nueva lectura en la estación. Revisión en curso. No muevan la carga todavía.
—¿Problemas? —preguntó el proveedor.
—Un retraso.
—Eso no es un problema. Los problemas vienen sin avisar.
Malla actualizó el pronóstico a nueve horas para la nueva lectura. Daro sintió el calor que empezaba a acumularse bajo el plástico de una caja.
—¿Tienes dónde conservar esto unas horas?
—En el patio no. El camión de la tienda va a pasar pronto.
el proveedor los dejó guardar la mercancía en el galpón, con la condición de no mover los pedidos de la mañana. Malla actualizó el horario de entrega y el registro de temperatura.
—¿Puedo saber a qué almacén va? —preguntó el proveedor.
Daro le mostró la dirección del centro local de distribución.
—Lo recoge otro proveedor.
el proveedor miró el recibo.
—Mientras el pedido llegue a tiempo, está bien.
En órbita, el nuevo aviso apareció en el panel de Nema. La estación solicitaba una segunda lectura antes de acercarse. Malla puso un temporizador junto al margen de combustible.
—¿Cuándo? —preguntó Orven.
—En nueve horas.
Boren comparó el costo de esperar con el de arriesgarse a una inspección. Si la carga no llegaba en el horario habitual, el contacto tendría que contratar un transporte local y reorganizar sus entregas.
—Pagamos el transporte local —dijo Orven—. No vamos a comprometer a nuestro contacto por una recogida.
Daro recibió la instrucción mientras estaba con el proveedor. La mercancía se quedaría en el almacén y viajaría por la ruta comercial ordinaria.
—Pensé que tu socio se llevaba el pedido —dijo el proveedor.
—Cambió el horario. Lo manda el transporte de aquí.
—¿Lo vas a perder?
—No. Solo tarda más.
el contacto corrigió la factura. Malla registró el pago y ocultó los datos de la nave del comprobante que ella recibiría. Daro confirmó que todo estaba listo antes de despedirse.
De vuelta a bordo, Boren revisó la cuenta.
—Perdimos la ventana y pagamos otro transporte.
—No expusimos el contacto —dijo Orven.
—Eso no cabe en la columna de ganancias.
—Agrégalo a la de decisiones.
Malla añadió una nota al registro: Operación aplazada para proteger la ruta y la privacidad del proveedor.
La estación completó su lectura. No encontró la nave. Nema programó un corredor distinto y Orven autorizó la salida cuando los tres tripulantes estaban a bordo. La Tierra quedó bajo ellos. Nadie había subido a la nave.
La mercancía llegó después, por una ruta local, sin alterar el nombre ni la rutina del contacto.
Una semana más tarde, Malla mostró el recibo de entrega. Boren comparó cantidades, sellos, pagos y temperatura. Todo coincidía.
—La carga llegó —dijo.
—Y el contacto no tuvo que explicar por qué su proveedor cambió de vehículo —añadió Daro.
—¿Cuánto costó?
Boren desplegó el total.
—Más de lo habitual. Menos que una inspección.
Orven aprobó el pago a la red terrestre. Después pidió a Malla que separara las cuentas de carga, rutas y contactos. El sistema creó tres paneles con permisos distintos.
—Los horarios de los proveedores no deben aparecer en el manifiesto de la nave —dijo Daro.
Ruun observó la Tierra en la ventana.
—¿Y si alguien quiere venir a la nave?
—Se pregunta primero —dijo Elda—. Se acuerda un lugar, se explica quién estará presente y se confirma que puede irse cuando quiera.
—¿Y si no quiere?
—Entonces no viene.
Malla agregó esa regla al protocolo de reuniones presenciales. Nema seleccionó el siguiente corredor.
La nave volvió a su ruta comercial. Los contactos terrestres seguían en sus ciudades, con sus trabajos y sus propios horarios. La tripulación aún no tenía un pasajero terrestre; tenía proveedores, llamadas por atender y una conversación pendiente con un hombre que empezaba a hacer preguntas.