Alberto llegó al almacén con una tableta, un termo y tres preguntas anotadas antes de salir.
La primera videollamada con Ossa sería breve. Daro y Elda estaban a bordo de la nave; Alberto, en una sala de reuniones del centro comunitario. La artista terrestre se había conectado desde su taller y había pedido que la conversación se limitara al encargo. No hablarían de viajes.
Malla abrió subtítulos, traducción y un indicador que distinguía las palabras de cada participante. No guardaría la llamada. Alberto comprobó el permiso en la pantalla.
La artista confirmó. Ossa también.
—Quiero hacer objetos pequeños para una exposición —dijo Ossa—. Las piezas que encargue se pagarían por separado. No necesito exclusividad.
Alberto revisó la oferta mientras Elda comprobaba la traducción.
—¿Cuántas piezas? ¿En qué plazo? ¿Quién paga los materiales?
Ossa abrió un documento con el alcance inicial. La cantidad era pequeña y el pago cubría las horas de trabajo y los materiales. La propuesta no incluía ningún viaje, licencia futura ni derecho sobre diseños que no fueran encargados.
La artista hizo preguntas sobre tamaños, herramientas y el uso de las fotografías de las piezas terminadas. Malla mostró dos versiones del documento lado a lado y marcó una frase ambigua sobre reproducción de imágenes.
—Esa frase permitiría usar las fotos en cualquier campaña —dijo Alberto—. ¿Puede limitarse a esta exposición?
—Sí —respondió Ossa—. No necesito más.
La artista pidió que cualquier uso posterior requiriera una nueva autorización y un pago acordado. Ossa aceptó incluirlo.
—¿Y si el encargo no me conviene cuando vea los materiales? —preguntó ella.
—Puedes detenerte antes de aceptar —dijo Alberto—. El documento debe dejarlo claro.
Malla revisó el borrador y mostró la cláusula de cancelación. La artista pidió que el trabajo ya entregado se pagara aunque cancelara el resto. Ossa aceptó.
Daro observaba desde el monitor de la nave. Había imaginado que la llamada terminaría con una respuesta definitiva. En vez de eso, veía cómo cada quien corregía la oferta y cómo Malla mantenía un registro de los cambios.
—¿Cuándo tendría que empezar? —preguntó la artista.
Ossa propuso una fecha amplia. La artista dijo que revisaría su calendario y respondería después.
—No hace falta decidir hoy —dijo Alberto—. Te enviaremos la versión corregida para que la leas con calma.
La llamada terminó sin firma. Malla cerró el canal temporal y eliminó la transcripción, que nunca se había guardado. Conservó únicamente el resumen comercial autorizado y la lista de cambios.
—¿Aceptó? —preguntó Boren cuando Daro regresó al tablero.
—Aceptó revisar una oferta.
—¿Es una venta?
—Todavía no.
Boren ajustó la proyección para no contar el ingreso como confirmado. Orven aprobó continuar con la compra de la máquina solo cuando existiera un anticipo real. La oportunidad seguía abierta, pero nadie la convirtió en dinero antes de tiempo.
Dos días después, la artista respondió desde su cuenta de trabajo. Aceptaba el encargo de prueba con el pago y los límites acordados. No autorizaba compartir su perfil con otros clientes ni quería hablar de traslados.
Malla registró el alcance del permiso: un encargo, una compradora, sin difusión adicional.
Alberto revisó el comprobante. Ossa envió el anticipo a la cuenta indicada por la artista, no a la nave.
—Ahora sí tenemos un contrato —dijo Boren.
—Tenemos un encargo terrestre —corrigió Elda—. Nada más.
Daro asintió. La artista seguía en su taller; la tripulación, en la nave. El primer trabajo podía realizarse sin que nadie cambiara de planeta.