Boren abrió tres escenarios en el tablero de Malla y los puso frente a Orven.
El primero compraba una terminal de transporte en cuanto llegara el anticipo del encargo terrestre. El segundo esperaba a que Ossa pagara el resto. El tercero dejaba el equipo en lista de observación y destinaba el dinero a reparar el regulador de la nave.
—El anticipo ya llegó —dijo Boren—. No significa que el resto esté garantizado.
Orven revisó el contrato. La artista había aceptado un encargo pequeño, que podía hacer desde su taller en la Tierra. No había acordado una residencia ni un viaje. El pago era suficiente para cubrir la parte inicial del equipo, pero no las pruebas, la instalación y el mantenimiento.
—¿Qué necesitamos para que la compra tenga sentido? —preguntó Orven.
Malla presentó los costos y el margen de error. Kes explicó qué partes podían probarse en la nave y cuáles requerían revisión clínica. Sira añadió que ninguna interfaz debía presentar una simulación técnica como autorización de una persona.
—El equipo no se usa con nadie hasta que sepamos cómo funciona —dijo Kes.
—Y aunque funcione, no crea consentimiento —añadió Sira.
Boren abrió el escenario con más datos.
—Si aceptamos encargos terrestres a distancia, el equipo no se paga solo. Necesitamos más clientes, y nadie ha dicho que quiera salir.
Daro miró a Alberto en la pantalla de la reunión. Alberto participaba desde un centro comunitario en la Tierra; no estaba en la nave.
—Aún no hemos hablado con nadie de eso —dijo Alberto.
—¿No te interesa? —preguntó Orven.
—No he dicho eso. Dije que no hemos hablado.
—¿Qué tendría que saber alguien para decidirlo? —preguntó él.
Elda abrió un esquema de información: destino, duración, trabajo, condiciones, retorno, riesgos, contacto independiente y mecanismo de cancelación. Kes añadió una advertencia: el funcionamiento de la terminal aún no estaba confirmado.
—Entonces nadie puede ofrecer un viaje todavía —dijo Alberto.
—Correcto —respondió Sira.
—Ni siquiera como promesa —añadió Orven.
Boren mostró el escenario actualizado. Si adquirían la máquina, podrían estudiarla y documentar sus límites sin conectarla a ninguna persona. Si los costos reales superaban la reserva, detenerían el proyecto.
Alberto miró el panel.
—Puedo ayudar a revisar cómo explican la idea. Pero no me pidan que reclute gente ni que diga que esto ya funciona.
—No lo haremos —dijo Orven.
La decisión quedó en la interfaz: comprar el equipo usado, aislarlo en el taller de Kes y financiar la instalación con el anticipo y la reserva de reparaciones. Las proyecciones de viajes se quedaron en cero.
Boren firmó la autorización. Malla guardó el contrato, el origen del dinero y los supuestos de cada escenario.
—¿Y la artista? —preguntó Daro.
—Sigue trabajando en su encargo —dijo Alberto—. No hemos hablado de salir de la Tierra.
La inversión abrió una investigación técnica. No abrió una ruta para pasajeros.