Historia / La salida de la Tierra
CAP. 04

El encuentro

Daro y Elda conocen a un contacto terrestre y consiguen permiso para enviar una propuesta de trabajo.

Cuando volvieron a la Tierra, habían pasado tres escalas, una reparación y dos discusiones sobre la factura.

Malla había proyectado el itinerario en la mesa de operaciones y cruzado las entregas con el mercado de una feria local. Daro seguía mirando una fotografía: el análisis visual encontraba tres figuras de madera parecidas, pero no podía confirmar quién había tallado ninguna.

Boren llevaba las cuentas. Nema, la nueva ruta. Daro llevaba una imagen de un perro con una pata más corta que las otras.

—¿Todavía quieres comprar el pájaro? —preguntó Elda.

—Quiero saber quién lo hizo.

—La otra vez dijiste que querías comprarlo.

—La otra vez no sabía quién lo había hecho.

Ossa, una compradora de arte que trabajaba con la tripulación, quería saber si una artista terrestre aceptaría recibir una propuesta. No les había pedido que la convencieran ni que la llevaran a ninguna parte. Solo que averiguaran si estaba dispuesta a conversar.

La tienda que vendía las piezas estaba cerrada. Un cartel decía que la dueña volvería después del almuerzo.

Daro tocó la puerta.

—¿Y si no está? —preguntó Elda.

—Esperamos.

—¿Y si no quiere hablar con nosotros?

—Entonces no hablamos con ella.

Elda lo miró.

—Estás aprendiendo.

—No lo repitas. Boren podría anotarlo como una habilidad nueva.

Al lado de la tienda había un espacio comunitario donde varios artistas preparaban la feria. Una mesa exhibía pájaros de barro; otra, una lámpara hecha con retazos. En el centro, un perro de madera se apoyaba sobre tres patas.

Daro pidió a Malla que comparara la marca del perro únicamente con las imágenes públicas del catálogo. La interfaz mostró coincidencias posibles, sin nombres ni datos de contacto.

—Ese es —dijo Daro.

Un hombre que acomodaba cajas levantó la vista.

—¿Buscan al perro o a la persona que lo hizo?

Daro tardó en contestar.

—A la artista —dijo Elda—. Queremos preguntarle si acepta recibir una propuesta de trabajo.

—¿Ya le preguntaron?

—Todavía no.

El hombre dejó la caja en el suelo.

—Entonces todavía no hay propuesta para ella. Solo una idea de ustedes.

Daro abrió la boca y volvió a cerrarla.

—Alberto —dijo el hombre, ofreciéndoles la mano—. Estoy ayudando a organizar la feria.

Elda se presentó. Daro también. Alberto giró la figura sobre la mesa. En una pata había una línea azul casi oculta bajo la pintura.

—La artista deja una marca en el lado que no se ve cuando termina la pieza. La he visto en el catálogo de la feria.

Daro amplió la fotografía. La marca estaba allí.

—¿Puedes preguntarle si quiere que la contactemos? —preguntó Elda.

—Sí. Pero primero díganme qué quieren ofrecer y quién pagaría.

Daro explicó que una compradora de arte quería conversar sobre un posible encargo. No presentó el viaje como una decisión ni prometió condiciones que aún no tenían por escrito.

Alberto preparó un mensaje breve. Malla dejó bloqueados el envío de datos y el canal de contacto hasta recibir permiso. La respuesta llegó unos minutos después: la artista aceptaba recibir información, pero no quería reunirse ese día.

—Eso es suficiente —dijo Alberto.

—¿No le preguntamos cuándo puede hablar? —dijo Daro.

—Le preguntamos después de que revise la información. No hay prisa.

Malla envió un resumen del encargo y los datos públicos de Ossa. No incluyó una dirección, un horario ni información personal. Alberto revisó el texto antes de que saliera.

—Dice “posible colaboración”, no “residencia en otro planeta” —observó.

—Todavía no sabemos si la artista quiere hablar de eso —dijo Elda.

—Entonces así está bien.

El teléfono de Alberto vibró. La artista había respondido: aceptaría una llamada corta durante la semana. Malla habilitó un canal de trabajo temporal y programó un recordatorio para cerrarlo cuando terminara la conversación.

—Puedo ayudar a traducir las condiciones —dijo Alberto—. No voy a decidir por ella ni a responder en su nombre.

—Eso es exactamente lo que necesitamos —dijo Elda.

Daro miró el pájaro de barro.

—¿Y si no quiere venderlo?

Alberto señaló el letrero de la mesa: «No está a la venta».

—Entonces no se vende.

—La Tierra tiene reglas extrañas.

—Eso lo dices tú —respondió Elda.

La conversación no les dio un pasajero ni una fecha de salida. Les dio un contacto autorizado, una pregunta concreta y un límite que todos podían entender.

Al caer la tarde, la tripulación volvió a la nave. La artista permaneció en la Tierra. Alberto se quedó en la feria. Ossa recibiría una propuesta de conversación, no una promesa de viaje.